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12 de febrero de 2010

A MANUEL RODRÍGUEZ

Aprovecharé la coyuntura televisiva para revisar algunas de las canciones que se le han dedicado al gran Manuel Rodríguez... No vaya a ser cosa que la figura de Ricardo Fernández se termine imponiendo (realmente lo dudo) y cambie las percepciones históricas que ya se han ido estableciendo (¿era muy imposible poner, no sé, a Néstor Cantillana en dicho protagónico? en fin).

Lo cierto es que, como existen pocos datos fehacientes de la vida y del perfil completo de la persona Rodríguez, cada momento histórico lo ha recreado con bastante libertad, de manera que lo que sabemos de Rodríguez es más bien lo que cada época ha deseado que él hubiese sido. Rodríguez ES un personaje creado y recreado por las hegemonías culturales en boga, ya sea en un perfil heroico liberal (Blest Gana en su novela "Durante la reconquista"), ya sea en un perfil "combativo", más propio de la nueva canción chilena... ya sea en este perfil romanticón hollywoodense que, aparentemente, le dará Sabatini en Chilevisión.

La canción que enmarcará la versión dosmilera de rodríguez es un cover de un tema compuesto por Patricio Manns e interpretado por el mismo Manns y Silvia Urbina en un disco de 1967 que se llamaba "¡El folklor no ha muerto, mierda!". Curioso nos resulta desde el 2010 pensar que en 1967 se pudiera dar por muerte al "folclor"... tan curioso como sería pensar en la creación de un "Frente Patriótico Manuel Rodríguez" viendo las imágenes de Fernández dándoselas de guerrillero... En fin



Manns y Urbina, con su voz de cantora neta, recrean al héroe y al simple individuo que se dibujaba en la figura mestiza de aquel que iba a su encuentro con la muerte. Es una suerte de contraste: la gente, dicen, lo pintan de aguerrido, de intrépido, la cultura oral lo mitifican con el rayo, con el viento, con el corcel... pero ahí enfrente se tiene al hombre, simple hombre de carne y hueso, rumbo a su destino... sonriente y altivo.

La melodía, siento, es demasiado melancólica como para convencernos de que esa muerte valió la pena. Manns, quizás el mayor poeta de la Nueva canción chilena, debe de haber advertido que dicho episodio consagró en la historia popular la estampa de un tal Manuel, pero condenó a cierta soledad, a cierto desamparo, al pueblo que en él confió. La tristeza melódica hieren la sonrisa altiva con la que se retrata a Rodríguez. O en otras palabras, la figura heroica está recreada desde la triste desesperanza. Extraño efecto semiótico que solo hace admirar más la figura de Manns.

La recreación exacta de un héroe setentero la ofrece Héctor Pavez. "Al popular guerrillero" comienza diciendo y ocupa las dos palabras claves de la imaginería pre 1973. Este Rodríguez es el mismo de Manns, sin tristeza y con mucha valentía.



La melodía es una melodía clásica del Canto a lo divino (conocida como la "Rosa romero") y, por lo tanto, la estructura métrica utilizada es una perfecta y hermosa décima. Pavez, en eso, fue un gran discípulo de Violeta Parra y acá da cuenta de dicha línea de trabajo creativo, conciente y actualizado con base en lo más perenne del folclor.

La descripción, en este caso, redondea la visión de izquierda que rescató a Rodríguez durante el siglo XX. "Tuvo consecuencia hacia el pueblo con ojotas" es un recado a O'Higgins. "(...)Soldado ejemplar / que entregó su vida entera / por una causa sincera / con un valor sin igual" se acota después con misterioso tono premonitorio. Acaso el más claro acercamiento a las sensibilidades sesenteras la realice Pavez cuando, en clave de guerra fría y lucha por la nacionalización de recursos económicos, dice: "Él no aceptó que la bota / del invasor extranjero / explotara nuestro suelo / saqueara nuestras riquezas". En ese punto, la filiación ideólogica se ha consumado por completo.

La voz popular de estos versos canta, más que desde la melancolía Manssista, desde el dolor rencoroso. La muerte vil, la imposibilidad de despedir el cuerpo hizo aún mayor la desgracia del acontecimiento. Entiendo, desde esa manera de realzar el apego popular de un personaje, el intento de establecer que los malvados opresores no solo usurpan el trabajo y el dinero del desposeído, sino que su haz de maldad se multiplica porque también involucra la usurpación de los símbolos emocionales de la clase popular. El pecado del robo económico, material, se vuelve ya francamente inhumano porque también afecta las redes sociales y emotivas de los populares, su derecho a confiar en un líder, en un guía, en un ser que encarne su esperanza. Y eso, en plenos años sesenta, era un mensaje clave para proyectar, además, la idea de que la actual oligarquía era, en definitiva, la misma que siempre había tenido el poder y control económico y moral de la "patria", que se lógica de acción había sido la misma desde el inicio de la república, lo que validaba, en los discursos simbólicos, una lucha social radical, o al menos un giro político y simbólico radical, representado para entonces en Salvador Allende. La muerte de Rodríguez, por parte de un "general rastrero" como diría el mismo Allende en su propia circunstancia, venía a evidenciar cómo la historia de Chile había estado siempre gobernada por individuos que defendían "sus granjerías y privilegios".

Es en esa línea de argumentación en la que se entiende en toda su amplitud la violenta canción "Hace falta un guerrillero" de Violeta Parra. Siempre me he preguntado qué sentirá Ángel Parra cada vez que escucha esta canción, literariamente dedicada a él (¿no?), aunque más creo que evita escucharla. Hasta el Rodríguez de Fernández lo haría.



Es la canción más política que puede hallarse sobre Manuel Rodríguez, pues no es solo una exaltación de la figura histórica ("el más preciado laurel"), sino también un grito de rechazo radical para la institucionalidad política de 1960 (gobierno de Jorge Alessandri). "La patria ya tiene al cuello / las sogas de Lucifer (...) soldados hay por montones / ninguno como Manuel".

En definitiva, no es una canción "histórica", como las otras en torno a Rodríguez. Es una canción política y coyuntural en todo el sentido de la expresión. Actualiza, entonces, de manera transparente la reserva moral y combatiente que representa Rodríguez, más allá de cualquiera de sus circunstancias históricas específicas. Manuel es una imagen, una metáfora, una alegoría. "Pero no hay ni uno que valga / la pena en este momento" insiste con firmeza (y quizás con un toque de injusticia para quienes en esa época luchaban por un movimiento obrero, por ejemplo, fuerte).



La canción de Violeta Parra, era que no, destaca inmensamente en el panorama de canciones dedicadas al guerrillero, quizás porque es la que menos se refiere al individuo histórico y lo convierte en un ethos. Por eso es violenta y deslenguada, como todo lo que Parra creó y no sorprende, entonces, que sea una de sus composiciones menos difundidas, junto a todas aquellas de discurso radical (casi punk, dicen algunos), sin ningún pelo en la lengua ni metáfora embolinadora, tales como "Yo canto a la diferencia", "La carta" o "Porque los pobres no tienen". Qué capacidad la parreana para evidenciar, para volver transparente, el abuso, también emotivo, que el Estado lleva a cabo del sentir patriota de la gente, del pueblo. Pero bueno, eso es tema para otra entrada.

La figura rodriguista, vuelvo a él, da para mucho (ya nos lo demostrará en marzo Sabatini) y la corriente más "rota" también tiene algo que decir en la construcción de este indiscutido ídolo setentero. Los Chileneros, de hecho, lo destacan, en 1967, ante todo como "buen roto chileno" y luego como "el guerrillero de Chile".



Es esta quizás la imagen más juguetona y desfachatada sobre Rodríguez. "Valiente y altanero / lleno de gracia y malicia" indican estos chileneros antes de recordar sus montoneras, sus disfraces, su picardía. No podía ser de otra manera si estamos hablando de cueca brava de la neta (con toda su sospechoso apoliticismo, hay que decirlo)...

Al lado de esta simpática pieza, de las palabras sentidas de Manns, rencorosas de Pavez y rabiosas de Parra, ¡cómo no catalogar de cursi, de naif, las dedicadas a Rodríguez por parte de nuestro siempre cursi nóbel Pablo Neruda y la musicalización cinquentera, absolutamente oligarquizante y, a nuestros actuales oídos, siútica de Vicente Bianchi!... Más aún en una versión como la mayormente conocida de Silvia Infanta... por eso pongo acá, para mejorar en algo la experiencia, la versión argentina de Los Trovadores, gauchesca y algo más enérgica:



Es un acierto, entonces, que Daniel Muñoz, Félix Llancafil y los 3x7=21, evidenciando el manejo de la cultura hegemónica y canónica, hayan decidido rescatar el espíritu cuequero original que tenían los versos del Canto General, con lo que la composición nerudiana gana bastante.



Esta versión tienen la alegría, la viveza, la chispa brava inexistentes en la tonada. Acá sí suena atinado, coherente incluso, el "puede ser un obispo / puede y no puede", acá sí que la narración central toma forma y mucha gracia, con un remate perfecto. Acá si se crea un interesante contraste entre los tres momentos de la lírica. Sigue siendo, eso sí, una lírica descomprometida, de postal (¡Los Chileneros suenan más claros ideológicamente hablando!), pero que calza perfecto en cueca.

A excepción de "Tonadas" (y de "Vida, pasión y muerte del guerrillero"), todas estas recreaciones musicales sobre el guerrillero son sesenteras y representan un conjunto cohesionado de discurso y estética musical. En los sesenta, Rodríguez estaba en el aire, en el ambiente, en los imaginarios circulantes. Ahora, cincuenta años después, vuelve a estarlo por obra y magia de la televisión. Pero ahora son Benjamín Vicuña y Ricardo Fernández los que renuevan (reinventan, destruyen...) el mito, bajo un código estético voraz y feroz. Ya no hace solo falta un guerrillero (que en estos 16 millones aún no hay un pan que rebanar) sino también hace falta un Patricio Manns, un Héctor Pavez, una Violeta Parra.

21 de diciembre de 2008

ESOS DOS QUE ESTÁN BAILANDO


esos dos que estan bailando



Un tópico recurrente en las cuecas es el comentar sobre los que están bailando, qué es lo que hacen, cómo están vestidos, quiénes resultan ser. No es exactamente, según yo, el mismo tópico que aparece a veces en la cueca brava sobre la fiesta en sí, donde evidentemente también se comenta sobre los que bailan, pero se suman comentarios sobre los que cantan, los que animan y sobre el ambiente total del momento (por ejemplo, en Cuándo me estarán cantando). De lo que se trata ahora no es del tópico de la bohemia misma, sino del evaluar y juzgar el comportamiento de los dos bailadores de cueca. Es un tópico, por lo tanto, que transita entre la admiración y la intimidación desde quien canta la cueca hacia quienes la bailan.

Hay al menos cuatro cuecas que desarrollan esta temática: tres de ellas de origen campesino, dos en versiones de cantoras netas, una en versión recopilada por Violeta Parra; y una versión santiaguina, en clave de cueca de raíz folclórica, cincuentera, bajo la tradición de los grupos de huaso. Es curioso que esta bifurcación campo / ciudad concrete, en este tópico, diferencias sobre el papel de la mujer y del hombre al momento de bailar, y que pareciera que la ciudad surge con un discurso más conservador con que el tema es recreado en el campo.

Versión de Cantora de Santa Juana

Mi vida, esos dos, esos dos que están bailando
mi vida, esos dos, esos dos se están queriendo
mi vida, esos dos, esos dos se están queriendo.
Mi vida, y aunque lo, y aunque lo quieran negar
mi vida, los ojos, los ojos lo están diciendo.
Mi vida, esos dos, esos dos que están bailando.

Ese joven que baila, mi vida, me gusta mucho
que tiene sus moditos, mi vida, tan a mi gusto.
que tiene sus moditos, mi vida, tan a mi gusto.

Tan a mi gusto ay sí, mi vida, si yo llorara
la vida me rindiera, morena, si tú me amaras.
La vida me rindiera, mi vida, si tú me amaras.

¡Anda, si yo llorara, mi vida, si tú me amaras!

Lo que hoy es la VIII región parece ser, sino la cuna, un núcleo duro de desarrollo de cueca en Chile, al menos en una variante campesina, con cantora y guitarra comúnmente traspuesta. Acá tenemos a una cultora de Santa Juana acompañada de guitarras bien percusivas y aplausos. La voz de la mujer, aniñada, aguda, nasal, resuelve con absoluta gracia una cueca ingenuamente pícara y alegre. La melodía ascendente aporta decidamente a la sensación de entusiasmo que se desprende de esta versión.

La letra es de línea admirativa y reconstruye el lugar común de que la cueca es un baile de enamoramiento, de coqueteo, de seducción. La cueca manifiestaría el sentimiento que las palabras callan. Tiernamente, la cantora reconoce que se ve envuelta ella también en la seducción de los bailarines y que el coqueteo que el joven produce al bailar, sus moditos, seducen de igual manera a la pareja de baile y a la cultora.

Versión de María Caro, de Portezuelo, Ñuble

Mi vida, esos dos, esos dos que están bailando
ayayay qué paré, qué parejitos que son
ayayay qué paré, qué parejitos que son.
Mi vida si yo fue, si yo fuera padre cura
ayayay les echá, les echá la bendición.
Ayayay esos dos, esos dos que están bailando.

Ese joven que baila, ayayay, yo sé qué tiene
platita en el bolsillo, ayayay, para que sueñe
platita en el bolsillo, ayayay, para que sueñe.

Fuera que sueñe sí, mi vida si no la gasta
se le rompe el bolsillo, ay, merma la plata
se le rompe el bolsillo, mi vida, merma la plata

Hácele pañuelito por debajito por debajito.

La versión registrada por la DIBAM en 1991, con la voz de María Caro, cantora de Portezuelo, también destila alegría y entusiasmo. La guitarra está soberbiamente tañada desde el momento exacto en que se debe tañar, cuando entra la voz; el público acompaña con las palmas y la cantora parece estar improvisando, lo que le otorga a la grabación un grado de espontaneidad específico. La voz de María Caro se evidencia cansada ya por los años de cueca y de bailes animados de seguro por ella, pero ahí está, destemplada pero risueña, enérgica, vital. La copla de la cueca responde a una vieja copla española sobre esta misma temática, pero luego el desarrollo temático incursiona en un extraño perfil del bailarín: el dinero que tiene. Pareciera ser un juego algo irónico sobre la avaricia del muchacho y, el remate, sobre la estrategia que la cantora le recomienda a la bailarina para que al joven no se le rompan los bolsillas y no le merme la plata. ¿Habrá estado pensando en un huaso futre de bailador? Es, en definitiva, una curiosa descripción de los que bailan.

Versión de Violeta Parra

La vida, la niña, la niña que está bailando
La vida, la niña, la niña que está bailando
la vida se le ve, se le ve el bordo 'e la enagua
la vida se le ve, se le ve el bordo 'e la enagua.
La vida y el joven, y el joven que la acompaña
la vida, la boca, la boca ya se le hace agua.
La vida, la niña, la niña que está bailando.

Esa niña que baila, la vida, tiene un pololo
pero cuando va a misa, la vida, lo deja solo.
Esa niña que baila, la vida, tiene un pololo.

Lo deja solo sí, la vida, siguen bailando
esta cueca hualquina,la vida, que estoy cantando.

Anda, siguen bailando, la vida, que estoy cantando.

La versión recogida por Violeta Parra, quizás por cuál rincón de Chile, es una clásica cueca ingenuamente pícara campesina. Grabada en 1956 en su gran discos de cuecas, esta tiene, al igual que otras, algún tipo de secuencia armónica que me encanta, que toca alguna fibra musico-emocional de mi corteza y subcorteza cerebral. Además, acá hay dos instrumentos: la guitarra y el surco del vinilo, lo que da mayor valor agregado a la grabación. La voz de Violeta, por su parte, acá se muestra limpia y concisa, sobria y sin enfatizar mayormente en las picardías sanas de la letra. En definitiva, una versión limpia y tierna.

Versión de Las Consentidas

Esa chi, esa chiquilla que baila
pero miren miren cómo le hace, se le cae la pollera
pero miren miren cómo le hace, se le cae la pollera.
El huaso, el huaso que la acompaña
pero miren miren cómo le hace, se acerca y se le asujeta
pero miren miren cómo le hace, el huaso que la acompaña.

El huaso que la acompaña, allá va, baila bonito
pero miren miren cómo le hace, allá va, zapatiadito
pero miren miren cómo le hace el huaso que la acompaña.

Zapateadito sí, bailar cueca es una guinda
pero miren miren cómo le hace, con una chiquilla linda.

Si quieres que te quiera, sujetate la pollera.

Acá el estilo es radicalmente distinto. Estamos frente a una cueca santiaguina, de agrupación de música con raíz folclórica y que en los años cincuenta y sesenta se encargaban de construir cierta representación bucólica del campo chileno, de sus sonidos, de la vida exclusivamente alegre que allá supuestamente se vivía. Así, todo lo que muchos conocemos como "cueca" en realidad es un tipo de cueca, de mediados de siglo, híbrida en su instrumentación, pintoresca en muchas de sus letras, pensada desde Santiago, aunque quizás por compositores que habían nacido en provincia o que habían tenido padres provincianos migrantes.
El asunto es que acá tenemos otra dinámica, otra fuerza en la grabación. Hay arpa, guitarra, panderos, piano y batería que van apareciendo uno tras otro, hasta generar esa densidad instrumental que creemos propia y natural de la cueca (¡falta el acordeón!). Sobre todo la presencia conjunta de piano y batería le brindan un sonido especial a estas grabaciones, sonido que para la época debe de haber sonado vanguardista y provocador. La música moderna de la que habla Violeta Parra en su programa radial de inicios de década.

Resulta muy curioso, entonces, que esa modernidad instrumental en las grabaciones de cueca (supongo que la cueca brava tenía al menos piano desde siempre) no se condiga con una visión también más moderna en sus líricas. Esta cueca en particular, escrita por Rosa Vasconcellos (??), se centra en la mujer que baila, supuestamente coqueta al bailar, pero al parecer demasiado coqueta, pues recibe, en el remate, el reproche de la voz masculina ("si quieres que te quiera, sujetate la pollera"). El que baila con ella ahora es un huaso, huaso que no aparecía en ninguna versión campesina, ladino por cierto al zapatear, pero también conservador y pudoroso, lo que completa un cuadro de bailarines maqueteados y uniformes, tan típicos de nuestra cueca de taller y proyección folclórica.

La línea genética de la copla

La temática de los que están bailando es, por supuesto, de origen filogenético español. El googleo correspondiente lo que permite advertir es que es una copla dentro de las millones de coplas que la tradición popular peninsular ha desarrollado en sus largos años y de seguro, entonces, debe de haber otras versiones del tópico esparcidos por América, quizás en algún huayno o en algún joropo.

http://books.google.cl/books?id=SnwBzcy-vj0C&pg=PA178&lpg=PA178&dq=%22esos+dos+que+estan+bailando%22&source=web&ots=Uzg29Et3Z1&sig=eA2vgfMnCWf6C_suahFG1FCKy08&hl=es&sa=X&oi=book_result&resnum=1&ct=result#PPA177,M1
La niña que está bailando
me la comiera yo solo,
y al bailador que la baila
que se lo coman los lobos.

La niña que está bailando

parece un pimpollo de oro;

pregúntale compañero
si es casada o tiene novio.

Lo lindo es que entre esas coplas aparece la misma que utiliza María Caro en su cueca

Esos dos que están bailando

qué parejitos que son.
Si yo fuera padre cura
les diera la bendición.


y que también es mencionada en una nota de prensa al reseñar un libro sobre tradición oral andaluza

http://www.diariosur.es/prensa/20070130/malaga/literatura-popular_20070130.html

En definitiva, otro ejemplo de cómo el folclor es de quien lo consuma, aunque las líneas de origen puedan definirse en lugares y tiempos lejanos.