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12 de febrero de 2010

A MANUEL RODRÍGUEZ

Aprovecharé la coyuntura televisiva para revisar algunas de las canciones que se le han dedicado al gran Manuel Rodríguez... No vaya a ser cosa que la figura de Ricardo Fernández se termine imponiendo (realmente lo dudo) y cambie las percepciones históricas que ya se han ido estableciendo (¿era muy imposible poner, no sé, a Néstor Cantillana en dicho protagónico? en fin).

Lo cierto es que, como existen pocos datos fehacientes de la vida y del perfil completo de la persona Rodríguez, cada momento histórico lo ha recreado con bastante libertad, de manera que lo que sabemos de Rodríguez es más bien lo que cada época ha deseado que él hubiese sido. Rodríguez ES un personaje creado y recreado por las hegemonías culturales en boga, ya sea en un perfil heroico liberal (Blest Gana en su novela "Durante la reconquista"), ya sea en un perfil "combativo", más propio de la nueva canción chilena... ya sea en este perfil romanticón hollywoodense que, aparentemente, le dará Sabatini en Chilevisión.

La canción que enmarcará la versión dosmilera de rodríguez es un cover de un tema compuesto por Patricio Manns e interpretado por el mismo Manns y Silvia Urbina en un disco de 1967 que se llamaba "¡El folklor no ha muerto, mierda!". Curioso nos resulta desde el 2010 pensar que en 1967 se pudiera dar por muerte al "folclor"... tan curioso como sería pensar en la creación de un "Frente Patriótico Manuel Rodríguez" viendo las imágenes de Fernández dándoselas de guerrillero... En fin



Manns y Urbina, con su voz de cantora neta, recrean al héroe y al simple individuo que se dibujaba en la figura mestiza de aquel que iba a su encuentro con la muerte. Es una suerte de contraste: la gente, dicen, lo pintan de aguerrido, de intrépido, la cultura oral lo mitifican con el rayo, con el viento, con el corcel... pero ahí enfrente se tiene al hombre, simple hombre de carne y hueso, rumbo a su destino... sonriente y altivo.

La melodía, siento, es demasiado melancólica como para convencernos de que esa muerte valió la pena. Manns, quizás el mayor poeta de la Nueva canción chilena, debe de haber advertido que dicho episodio consagró en la historia popular la estampa de un tal Manuel, pero condenó a cierta soledad, a cierto desamparo, al pueblo que en él confió. La tristeza melódica hieren la sonrisa altiva con la que se retrata a Rodríguez. O en otras palabras, la figura heroica está recreada desde la triste desesperanza. Extraño efecto semiótico que solo hace admirar más la figura de Manns.

La recreación exacta de un héroe setentero la ofrece Héctor Pavez. "Al popular guerrillero" comienza diciendo y ocupa las dos palabras claves de la imaginería pre 1973. Este Rodríguez es el mismo de Manns, sin tristeza y con mucha valentía.



La melodía es una melodía clásica del Canto a lo divino (conocida como la "Rosa romero") y, por lo tanto, la estructura métrica utilizada es una perfecta y hermosa décima. Pavez, en eso, fue un gran discípulo de Violeta Parra y acá da cuenta de dicha línea de trabajo creativo, conciente y actualizado con base en lo más perenne del folclor.

La descripción, en este caso, redondea la visión de izquierda que rescató a Rodríguez durante el siglo XX. "Tuvo consecuencia hacia el pueblo con ojotas" es un recado a O'Higgins. "(...)Soldado ejemplar / que entregó su vida entera / por una causa sincera / con un valor sin igual" se acota después con misterioso tono premonitorio. Acaso el más claro acercamiento a las sensibilidades sesenteras la realice Pavez cuando, en clave de guerra fría y lucha por la nacionalización de recursos económicos, dice: "Él no aceptó que la bota / del invasor extranjero / explotara nuestro suelo / saqueara nuestras riquezas". En ese punto, la filiación ideólogica se ha consumado por completo.

La voz popular de estos versos canta, más que desde la melancolía Manssista, desde el dolor rencoroso. La muerte vil, la imposibilidad de despedir el cuerpo hizo aún mayor la desgracia del acontecimiento. Entiendo, desde esa manera de realzar el apego popular de un personaje, el intento de establecer que los malvados opresores no solo usurpan el trabajo y el dinero del desposeído, sino que su haz de maldad se multiplica porque también involucra la usurpación de los símbolos emocionales de la clase popular. El pecado del robo económico, material, se vuelve ya francamente inhumano porque también afecta las redes sociales y emotivas de los populares, su derecho a confiar en un líder, en un guía, en un ser que encarne su esperanza. Y eso, en plenos años sesenta, era un mensaje clave para proyectar, además, la idea de que la actual oligarquía era, en definitiva, la misma que siempre había tenido el poder y control económico y moral de la "patria", que se lógica de acción había sido la misma desde el inicio de la república, lo que validaba, en los discursos simbólicos, una lucha social radical, o al menos un giro político y simbólico radical, representado para entonces en Salvador Allende. La muerte de Rodríguez, por parte de un "general rastrero" como diría el mismo Allende en su propia circunstancia, venía a evidenciar cómo la historia de Chile había estado siempre gobernada por individuos que defendían "sus granjerías y privilegios".

Es en esa línea de argumentación en la que se entiende en toda su amplitud la violenta canción "Hace falta un guerrillero" de Violeta Parra. Siempre me he preguntado qué sentirá Ángel Parra cada vez que escucha esta canción, literariamente dedicada a él (¿no?), aunque más creo que evita escucharla. Hasta el Rodríguez de Fernández lo haría.



Es la canción más política que puede hallarse sobre Manuel Rodríguez, pues no es solo una exaltación de la figura histórica ("el más preciado laurel"), sino también un grito de rechazo radical para la institucionalidad política de 1960 (gobierno de Jorge Alessandri). "La patria ya tiene al cuello / las sogas de Lucifer (...) soldados hay por montones / ninguno como Manuel".

En definitiva, no es una canción "histórica", como las otras en torno a Rodríguez. Es una canción política y coyuntural en todo el sentido de la expresión. Actualiza, entonces, de manera transparente la reserva moral y combatiente que representa Rodríguez, más allá de cualquiera de sus circunstancias históricas específicas. Manuel es una imagen, una metáfora, una alegoría. "Pero no hay ni uno que valga / la pena en este momento" insiste con firmeza (y quizás con un toque de injusticia para quienes en esa época luchaban por un movimiento obrero, por ejemplo, fuerte).



La canción de Violeta Parra, era que no, destaca inmensamente en el panorama de canciones dedicadas al guerrillero, quizás porque es la que menos se refiere al individuo histórico y lo convierte en un ethos. Por eso es violenta y deslenguada, como todo lo que Parra creó y no sorprende, entonces, que sea una de sus composiciones menos difundidas, junto a todas aquellas de discurso radical (casi punk, dicen algunos), sin ningún pelo en la lengua ni metáfora embolinadora, tales como "Yo canto a la diferencia", "La carta" o "Porque los pobres no tienen". Qué capacidad la parreana para evidenciar, para volver transparente, el abuso, también emotivo, que el Estado lleva a cabo del sentir patriota de la gente, del pueblo. Pero bueno, eso es tema para otra entrada.

La figura rodriguista, vuelvo a él, da para mucho (ya nos lo demostrará en marzo Sabatini) y la corriente más "rota" también tiene algo que decir en la construcción de este indiscutido ídolo setentero. Los Chileneros, de hecho, lo destacan, en 1967, ante todo como "buen roto chileno" y luego como "el guerrillero de Chile".



Es esta quizás la imagen más juguetona y desfachatada sobre Rodríguez. "Valiente y altanero / lleno de gracia y malicia" indican estos chileneros antes de recordar sus montoneras, sus disfraces, su picardía. No podía ser de otra manera si estamos hablando de cueca brava de la neta (con toda su sospechoso apoliticismo, hay que decirlo)...

Al lado de esta simpática pieza, de las palabras sentidas de Manns, rencorosas de Pavez y rabiosas de Parra, ¡cómo no catalogar de cursi, de naif, las dedicadas a Rodríguez por parte de nuestro siempre cursi nóbel Pablo Neruda y la musicalización cinquentera, absolutamente oligarquizante y, a nuestros actuales oídos, siútica de Vicente Bianchi!... Más aún en una versión como la mayormente conocida de Silvia Infanta... por eso pongo acá, para mejorar en algo la experiencia, la versión argentina de Los Trovadores, gauchesca y algo más enérgica:



Es un acierto, entonces, que Daniel Muñoz, Félix Llancafil y los 3x7=21, evidenciando el manejo de la cultura hegemónica y canónica, hayan decidido rescatar el espíritu cuequero original que tenían los versos del Canto General, con lo que la composición nerudiana gana bastante.



Esta versión tienen la alegría, la viveza, la chispa brava inexistentes en la tonada. Acá sí suena atinado, coherente incluso, el "puede ser un obispo / puede y no puede", acá sí que la narración central toma forma y mucha gracia, con un remate perfecto. Acá si se crea un interesante contraste entre los tres momentos de la lírica. Sigue siendo, eso sí, una lírica descomprometida, de postal (¡Los Chileneros suenan más claros ideológicamente hablando!), pero que calza perfecto en cueca.

A excepción de "Tonadas" (y de "Vida, pasión y muerte del guerrillero"), todas estas recreaciones musicales sobre el guerrillero son sesenteras y representan un conjunto cohesionado de discurso y estética musical. En los sesenta, Rodríguez estaba en el aire, en el ambiente, en los imaginarios circulantes. Ahora, cincuenta años después, vuelve a estarlo por obra y magia de la televisión. Pero ahora son Benjamín Vicuña y Ricardo Fernández los que renuevan (reinventan, destruyen...) el mito, bajo un código estético voraz y feroz. Ya no hace solo falta un guerrillero (que en estos 16 millones aún no hay un pan que rebanar) sino también hace falta un Patricio Manns, un Héctor Pavez, una Violeta Parra.

4 de julio de 2009

POLCA A LA CHILENA

No sé por qué soy un convencido de que la polka y el chapecao un día volverán en gloria y majestad a la escena musical chilena. La polka a las fiestas y el chapecao al rock. No tengo ninguna prueba que me permita vaticinarlo, pero lo huelo, lo percibo... o quizás lo necesito.
Un carrete, un viejo carrete, con polka debe haber sido increíblemente alegre y agotador. Y no lo digo pensando en esas maketeadas fiestas que el cine nos recrea de una Europa chispeante en pleno siglo xix, con todos los comensales deslizándose con una simetría abrumadora por la pista de baile. En Chile, y supongo que en América, al menos en la América no siútica, de seguro la polca jamás se bailó con el brillo vienés. Pero se bailó con la gracia mestiza... y mucho. Con los ojos más cerquita, con los cuerpos más pegados... ¡¡Mucho!!

Los que hemos estado en un gran baile con corridos toda la noche ya lo sabemos, ya lo hemos vivido: en el corrido corre sangre polkera de la mejor estirpe. Diría que esa es la manifestación más constante de polka en Chile actualmente... claro, en el adn de otro ritmo. Evidentemente el ritmo de polca así solito en el Chile actual se perdió, no está vigente, excepto, claro está, por intentos específicos y completamente situados ("Un zapatero celoso" en La Negra Ester) o por algún ejercicio de recopilación (como el precioso trabajo de René Inostroza) o de arqueología musical (como los de los grupo de proyección folclórica, con sus ropas de lejana fantasía... http://www.youtube.com/watch?v=9ah-RHL3aoI&feature=related ).

En el resto de América, la polka está aparentemente más viva: la polka paraguaya y su devenir en el popular y bailadísimo chamamé transnacional; la polka criolla argentina, con difusión hasta la patagonia chilena; la polka mex-tex, llena de intérpretes y cultores en ambos lados de la frontera y en las tres lenguas, español, inglés y spanglish pachuco, aunque ha ido perdiendo terreno frente al corrido y el huapango; las polkas mexicanas y centroamericanas, también algo venidas a ser carne de representaciones folclóricas (¡¡algunas con muchísima gracia!! http://www.youtube.com/watch?v=uf0kP2FdqEw&feature=related)

Pero en Chile parece muerta y solo queda percibir a lo lejos el poder festivo y gregario que debe de haber tenido en su momento en muchas de nuestras fiestas. Los trabajos de recopilación se encargan de proyectarnos esa sensación ("En una jaula de oro" http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras?portal=265&Ref=4098&audio=7). Y volverá, no lo dudo, no por melancolismos trasnochados de música folclórica, sino porque representaba un espacio de chispeante humor e incluso sarcasmo que, creo, hoy por hoy no tiene un espacio tan específico. Desde las polcas recopiladas por Violeta Parra, la ironía fue la compañera ideal del baile polkero, y así fue entendido en la versión de Hilda Parra de "Yo también quiero casarme", canción burlesca por donde se le mire. Qué decir del inmortal "Pichingue", llena de un humor más campesino, o de la polca más famosa por estos lados, "Un zapatero celoso", el hit más pornográfico de la música chilena. En aquella escena de La Negra Ester se condensa todo el poder subterráneo de la polca, provocador, irreverente, bohemio. Ahí está la gracia, la malicia, la desfachatez de la polca chilena. Por eso la añoro. Por eso sé que volverá.

18 de mayo de 2009

CANCIONES (ANTI)MATRIMONIALES


Canciones (anti)matrimoniales

En sus discos cincuentero, Violeta Parra da cuenta de una nutrida serie de canciones recopiladas (eso dice(n)) en el campo del centrosur chileno y que tienen como eje esencial el matrimonio y la vida de casados en general. Quizás las dos más populares de esta seguidilla sean "Casamiento de negros" y "Parabienes al revés", las que tienen en común ya un factor que se repetirá en prácticamente todo el repertorio matrimonial: el humor, la farsa, una suerte de carnaval irreverente en torno a la sacra institución.

Y hablo de sacra institución, pues el matrimonio es, en este conjunto de canciones, sobre todo una institución católica. Y ahí Violeta se muestra ambigua, llena de matices: a veces pareciera querer enternizar la ley ante dios, a veces la trata con filuda ironía. En "Viva Dios, viva la virgen" [1956], acaso la menos interesante de todas, la referencia católica es directa y queda plasmada, diría, de manera bastante convencional. Mucho más hermosa es otro parabienes a los novios, el "Viva la luz de Don Creador" [1956]. La guitarra tan bien rasgueada para imponer el ritmo saltarín de la refalosa (¿o es mazamorrita?), juguetón de la canción, nos actualiza lo mejor de la tradición percusiva de la guitarra campesina. Y la letra tiene, en el fondo, imágenes que no aparecen en el parabién anterior. No deja de haber cierto valor quejumbroso cuando dice "el matrimonio sagrado / como la regla lo exigé / y los dos que se dirigén / a dar tan raro ejempló"... Y la tercera estrofa es una temprana muestra de una de las fórmulas discursivas más caras para nuestra violeta: en medio de todas las palabras agudizadas ( y mutiladas, si es necesario), las referencias se van concadenando unas a otras en progresión temática descentralizada y algo esquizoide, recurso que aparecerá con fiereza en canciones tan claves como "Maldigo del alto cielo" [1966] o "Amigos tengo por cientó" [1960]. Algunos han sugerido que en esos versos se manifiesta justamente cierta ironía sobre el matrimonio ("se hayan desojá los floré"); lo cierto es que si no supiéramos que es canto de procedencia campesina, casi podría decirse que es antipoesía pura.
Algo le pasa a Violeta con las progresiones temáticas. En "Parabienes al revés" [1956] el humor, asumo que también captado desde el trabajo de recopilación, es la inversión exacta de los versos. La anécdota es simple, con algunos toques de humor simple y decorativo, pero la melodía y la inversión versal brindan esa magia que tiene la canción y que la han hecho perdurar un poco más en el tiempo que los parabienes "al derecho".

Si de humor se trata, está el "Casamiento de negros" [1955] uno de los primeros singles grabados por Violeta Parra solista. En lo personal, la reiteración ingeniosa del negror no me produce mayor gracia, pero supongo que ahí está la clave para que sea tan versionada y recordada esta canción. No sé por qué algo me dice que cierta visión racista (quizás por lo pintoresca que pretende ser la anécdota) está incubada en este chapecao, pero supongo que también Violeta Parra cumplió bien en su papel de registradora de cantos de tradición muy perdida en los cauces históricos desde la península.


Dentro de esos primeros singles parreanos hay otra canción de matrimonio, pero esta sí resulta algo brutal desde la moral laica de nuestros días: "La Juana Rosa" [1955]. Quiero creer que Violeta lo graba solo en su afán "recopilador", pero habría que ver si ella misma no estaba algo de acuerdo con la lógica de que la mujer soltera a los 25 es ya una solterona. Aún no estamos acá en una visión antimatrimonial, ni mucho menos, ¡pero qué alejada esta canción de la lógica de los parabienes a los novios! La letra es cruel, despiadada con la pobre Juana Rosa, y conceptualiza el matrimonio simplemente como una institución de función social algo mecánica y macabra.
Lo cierto es que Violeta Parra debió de desconfiar de esta institución, o venerarla demasiado. Sus recopilaciones menos conocidas sobre casamientos son mucho más frescas en su tratamiento temático y nos abren perspectivas (anti)matrimoniales insospechadas dentro de (lo que desde hoy consideramos que debe ser) el cancionero campesino popular.

Tomemos la polca "Yo también quiero casarme" [1956]. La desacralización del novio y del matrimonio en general va justamente en línea contraria a la de "La Juana Rosa" ("por eso a mí la prudencia me aconseja no casarme... mejor será señores que me quede sin casar, y no caer en la trampa por toda una eternidad"). El ritmo de polca, por supuesto, encaja perfecto con el tono desfachatado de la letra. Y eso que acá aún tenemos en frente una versión prudente, casi tímida. Hilda Parra versiona esta polca con signos áun más radicales de sarcasmo ("yo también quiero casarme / de blanco no puede ser / con lunares verde rojo / eso sí que puede ser"). Los versos son más rabiosos y misándricos, el ritmo es más frenético, la voz de Hilda es más adecuada aún para esta furiosa desilución.

En la misma línea antimasculina está la canción "El joven para casarse" [1957], una suerte de proclama de denuncia del machismo juvenil y del sinsentido tirano de la institución ofrecida como moneda de cambio para obtener los favores sexuales ("la niña que quiere a un joven se destina a padecer / andará de boca en boca si no se casa con él"). Comentario aparte merece el "huichihuichi que sí que sí / huichihuichi me gusta a mí" del estribillo, también recurso muy usado por Parra para livianizar, descentralizar nuevamente, cierto desarrollo temático.
Desde la vereda del frente, en música y contenido, está "Atención mozos solteros" [1957]. El ritmo es cortado, irregular, sincopado, y por supuesto pone en un singular relieve la misoginia ("son muy duras las cadenas / las que se van a amarrar") y el gran humor de la composición ("hasta el nombre ha de cambiar / tendrá que llamarse pan / se llamará cebollita / también se llamará ollita"). ¡Qué brutal parece este humor, aún con la perspectiva del tiempo, en comparación con las pintorescas desventuras del casamiento de negros!

Y en "Para qué me casaría" [1957] ¿hay humor macabro o profundo desgano? La interpretación parreana no resuelve la interrogante y, entonces, deja el aroma de la ironía niahiísta en el aire. Quizás juzgo por irónico la crudeza del mensaje sin tapujos ("mi marido me estima como una reina / no me deja costilla que no me quiebra"), pero la crudeza también se juega en poner en la balanza el sinsentido del matrimonio con el sinsentido de la familia ("la vida si mi taita mi pegaba / la vida mi marido dice juera"). Canción antimatrimonial por donde se la mire, directamente desde nuestro bello y edílico campo, con todo lo mejor de nuestra conservadora tradición católica campesina.

"Cuando habrá como casarse" [1957] pone en relieve de manera amarga esta tensión tradición - maldición del matrimonio agresivo, violento y católico del campo chileno ("la mujer que ya se casa / para servir su marido / si es unpoquito atrevido / y con ella se propasa / será mujer de su casa / para ser bien atendía / que sepa pasar la vida / sin que la tiente el demono / de guardar su matrimonio / se alegra Dios y María"). ¿Es acaso todo esto una canción pía y observante del sacramento en voz de la misma Violeta Parra? ¿Acaso acá solo primó la convicción de recopilar lo que la cantora le transmitiera? ¿El rimo nuevamente algo anómalo da cuenta de un nivel de perplejidad parreana de lo que cantaba? Por lo bajo, es una canción chocante, a medio camino de los parabienes y de la cueca antes comentada, de la inconciencia y de la lucidez máxima.

21 de diciembre de 2008

ESOS DOS QUE ESTÁN BAILANDO


esos dos que estan bailando



Un tópico recurrente en las cuecas es el comentar sobre los que están bailando, qué es lo que hacen, cómo están vestidos, quiénes resultan ser. No es exactamente, según yo, el mismo tópico que aparece a veces en la cueca brava sobre la fiesta en sí, donde evidentemente también se comenta sobre los que bailan, pero se suman comentarios sobre los que cantan, los que animan y sobre el ambiente total del momento (por ejemplo, en Cuándo me estarán cantando). De lo que se trata ahora no es del tópico de la bohemia misma, sino del evaluar y juzgar el comportamiento de los dos bailadores de cueca. Es un tópico, por lo tanto, que transita entre la admiración y la intimidación desde quien canta la cueca hacia quienes la bailan.

Hay al menos cuatro cuecas que desarrollan esta temática: tres de ellas de origen campesino, dos en versiones de cantoras netas, una en versión recopilada por Violeta Parra; y una versión santiaguina, en clave de cueca de raíz folclórica, cincuentera, bajo la tradición de los grupos de huaso. Es curioso que esta bifurcación campo / ciudad concrete, en este tópico, diferencias sobre el papel de la mujer y del hombre al momento de bailar, y que pareciera que la ciudad surge con un discurso más conservador con que el tema es recreado en el campo.

Versión de Cantora de Santa Juana

Mi vida, esos dos, esos dos que están bailando
mi vida, esos dos, esos dos se están queriendo
mi vida, esos dos, esos dos se están queriendo.
Mi vida, y aunque lo, y aunque lo quieran negar
mi vida, los ojos, los ojos lo están diciendo.
Mi vida, esos dos, esos dos que están bailando.

Ese joven que baila, mi vida, me gusta mucho
que tiene sus moditos, mi vida, tan a mi gusto.
que tiene sus moditos, mi vida, tan a mi gusto.

Tan a mi gusto ay sí, mi vida, si yo llorara
la vida me rindiera, morena, si tú me amaras.
La vida me rindiera, mi vida, si tú me amaras.

¡Anda, si yo llorara, mi vida, si tú me amaras!

Lo que hoy es la VIII región parece ser, sino la cuna, un núcleo duro de desarrollo de cueca en Chile, al menos en una variante campesina, con cantora y guitarra comúnmente traspuesta. Acá tenemos a una cultora de Santa Juana acompañada de guitarras bien percusivas y aplausos. La voz de la mujer, aniñada, aguda, nasal, resuelve con absoluta gracia una cueca ingenuamente pícara y alegre. La melodía ascendente aporta decidamente a la sensación de entusiasmo que se desprende de esta versión.

La letra es de línea admirativa y reconstruye el lugar común de que la cueca es un baile de enamoramiento, de coqueteo, de seducción. La cueca manifiestaría el sentimiento que las palabras callan. Tiernamente, la cantora reconoce que se ve envuelta ella también en la seducción de los bailarines y que el coqueteo que el joven produce al bailar, sus moditos, seducen de igual manera a la pareja de baile y a la cultora.

Versión de María Caro, de Portezuelo, Ñuble

Mi vida, esos dos, esos dos que están bailando
ayayay qué paré, qué parejitos que son
ayayay qué paré, qué parejitos que son.
Mi vida si yo fue, si yo fuera padre cura
ayayay les echá, les echá la bendición.
Ayayay esos dos, esos dos que están bailando.

Ese joven que baila, ayayay, yo sé qué tiene
platita en el bolsillo, ayayay, para que sueñe
platita en el bolsillo, ayayay, para que sueñe.

Fuera que sueñe sí, mi vida si no la gasta
se le rompe el bolsillo, ay, merma la plata
se le rompe el bolsillo, mi vida, merma la plata

Hácele pañuelito por debajito por debajito.

La versión registrada por la DIBAM en 1991, con la voz de María Caro, cantora de Portezuelo, también destila alegría y entusiasmo. La guitarra está soberbiamente tañada desde el momento exacto en que se debe tañar, cuando entra la voz; el público acompaña con las palmas y la cantora parece estar improvisando, lo que le otorga a la grabación un grado de espontaneidad específico. La voz de María Caro se evidencia cansada ya por los años de cueca y de bailes animados de seguro por ella, pero ahí está, destemplada pero risueña, enérgica, vital. La copla de la cueca responde a una vieja copla española sobre esta misma temática, pero luego el desarrollo temático incursiona en un extraño perfil del bailarín: el dinero que tiene. Pareciera ser un juego algo irónico sobre la avaricia del muchacho y, el remate, sobre la estrategia que la cantora le recomienda a la bailarina para que al joven no se le rompan los bolsillas y no le merme la plata. ¿Habrá estado pensando en un huaso futre de bailador? Es, en definitiva, una curiosa descripción de los que bailan.

Versión de Violeta Parra

La vida, la niña, la niña que está bailando
La vida, la niña, la niña que está bailando
la vida se le ve, se le ve el bordo 'e la enagua
la vida se le ve, se le ve el bordo 'e la enagua.
La vida y el joven, y el joven que la acompaña
la vida, la boca, la boca ya se le hace agua.
La vida, la niña, la niña que está bailando.

Esa niña que baila, la vida, tiene un pololo
pero cuando va a misa, la vida, lo deja solo.
Esa niña que baila, la vida, tiene un pololo.

Lo deja solo sí, la vida, siguen bailando
esta cueca hualquina,la vida, que estoy cantando.

Anda, siguen bailando, la vida, que estoy cantando.

La versión recogida por Violeta Parra, quizás por cuál rincón de Chile, es una clásica cueca ingenuamente pícara campesina. Grabada en 1956 en su gran discos de cuecas, esta tiene, al igual que otras, algún tipo de secuencia armónica que me encanta, que toca alguna fibra musico-emocional de mi corteza y subcorteza cerebral. Además, acá hay dos instrumentos: la guitarra y el surco del vinilo, lo que da mayor valor agregado a la grabación. La voz de Violeta, por su parte, acá se muestra limpia y concisa, sobria y sin enfatizar mayormente en las picardías sanas de la letra. En definitiva, una versión limpia y tierna.

Versión de Las Consentidas

Esa chi, esa chiquilla que baila
pero miren miren cómo le hace, se le cae la pollera
pero miren miren cómo le hace, se le cae la pollera.
El huaso, el huaso que la acompaña
pero miren miren cómo le hace, se acerca y se le asujeta
pero miren miren cómo le hace, el huaso que la acompaña.

El huaso que la acompaña, allá va, baila bonito
pero miren miren cómo le hace, allá va, zapatiadito
pero miren miren cómo le hace el huaso que la acompaña.

Zapateadito sí, bailar cueca es una guinda
pero miren miren cómo le hace, con una chiquilla linda.

Si quieres que te quiera, sujetate la pollera.

Acá el estilo es radicalmente distinto. Estamos frente a una cueca santiaguina, de agrupación de música con raíz folclórica y que en los años cincuenta y sesenta se encargaban de construir cierta representación bucólica del campo chileno, de sus sonidos, de la vida exclusivamente alegre que allá supuestamente se vivía. Así, todo lo que muchos conocemos como "cueca" en realidad es un tipo de cueca, de mediados de siglo, híbrida en su instrumentación, pintoresca en muchas de sus letras, pensada desde Santiago, aunque quizás por compositores que habían nacido en provincia o que habían tenido padres provincianos migrantes.
El asunto es que acá tenemos otra dinámica, otra fuerza en la grabación. Hay arpa, guitarra, panderos, piano y batería que van apareciendo uno tras otro, hasta generar esa densidad instrumental que creemos propia y natural de la cueca (¡falta el acordeón!). Sobre todo la presencia conjunta de piano y batería le brindan un sonido especial a estas grabaciones, sonido que para la época debe de haber sonado vanguardista y provocador. La música moderna de la que habla Violeta Parra en su programa radial de inicios de década.

Resulta muy curioso, entonces, que esa modernidad instrumental en las grabaciones de cueca (supongo que la cueca brava tenía al menos piano desde siempre) no se condiga con una visión también más moderna en sus líricas. Esta cueca en particular, escrita por Rosa Vasconcellos (??), se centra en la mujer que baila, supuestamente coqueta al bailar, pero al parecer demasiado coqueta, pues recibe, en el remate, el reproche de la voz masculina ("si quieres que te quiera, sujetate la pollera"). El que baila con ella ahora es un huaso, huaso que no aparecía en ninguna versión campesina, ladino por cierto al zapatear, pero también conservador y pudoroso, lo que completa un cuadro de bailarines maqueteados y uniformes, tan típicos de nuestra cueca de taller y proyección folclórica.

La línea genética de la copla

La temática de los que están bailando es, por supuesto, de origen filogenético español. El googleo correspondiente lo que permite advertir es que es una copla dentro de las millones de coplas que la tradición popular peninsular ha desarrollado en sus largos años y de seguro, entonces, debe de haber otras versiones del tópico esparcidos por América, quizás en algún huayno o en algún joropo.

http://books.google.cl/books?id=SnwBzcy-vj0C&pg=PA178&lpg=PA178&dq=%22esos+dos+que+estan+bailando%22&source=web&ots=Uzg29Et3Z1&sig=eA2vgfMnCWf6C_suahFG1FCKy08&hl=es&sa=X&oi=book_result&resnum=1&ct=result#PPA177,M1
La niña que está bailando
me la comiera yo solo,
y al bailador que la baila
que se lo coman los lobos.

La niña que está bailando

parece un pimpollo de oro;

pregúntale compañero
si es casada o tiene novio.

Lo lindo es que entre esas coplas aparece la misma que utiliza María Caro en su cueca

Esos dos que están bailando

qué parejitos que son.
Si yo fuera padre cura
les diera la bendición.


y que también es mencionada en una nota de prensa al reseñar un libro sobre tradición oral andaluza

http://www.diariosur.es/prensa/20070130/malaga/literatura-popular_20070130.html

En definitiva, otro ejemplo de cómo el folclor es de quien lo consuma, aunque las líneas de origen puedan definirse en lugares y tiempos lejanos.

16 de diciembre de 2008

LAS NARANJAS


las naranjas

La música le pertenece a quien la consuma y no solo a quien la crea. En el folclor, ese es el sacramento de nuestra fe, aunque la afirmación no es privativa en absoluto de las obras de música popular y de música docta. Sin querer ponerme posmoderno, cada versión reinventa la obra, de manera tal que nunca se alcanza una versión definitiva de ninguna.


En el folclor no se sabe el autor individual. O prefiere no saberse. Entre el romanticismo y el sentimiento común de pertenencia de los bienes culturales, las piezas folclóricas simplemente están, aparecieron un día, y metafóricamente se dice entonces que las creó el pueblo, lo que es una manera de decir que tanta gente las versionó que ya se perdió la huella de una versión primera y de un autor fehaciente.


A la mar fui por naranjas o Las naranjas es tanto una canción popular asturiana como una tonada del campo chileno o una copla de carnaval de Jujuy y Salta. Sin saber su autor, no podría decirse en ningún caso de que se trata de una canción asturiana recopilada en distintas partes de América, porque indudablemente las versiones americanas ya tienen su fisonomía propia, su estampa: la línea melódica, sea cual sea, es mestiza, la instrumentación es campesina, los énfasis son nuestros.

Parece haber, por cierto, toda una tradición peninsular en torno a los versos de las naranjas maduras, pero es muy notorio cómo en todas las versiones europeas el centro está en el mar como metáfora del amor y de la incertidumbre vital, más que en las naranjas mismas. Las versiones peninsulares tienen, además, un indudable aire morisco, tal como se puede oir en las versiones de cantantes español@s actuales o de Walsh y Valladares. La versión en gaita nos recuerda el hervidero de culturas que siempre ha sido lo que llamamos España. Y quizás no haya nada más asturiano que una gaita (ahí soy un ignorante absoluto) y la línea morisca de canto más bien sea propio de versiones más sureñas... Durante el siglo XX, de hecho, esos versos fueron recuperados por el poeta canario Pedro García Cabrera, decidido antifranquista que, claro está, debía creer mucho en eso de que "metí las manos al agua / las esperanzas mantiene".

En América, versiones musicales solo he encontrado de fuentes chilenas, pero el googleo pertinente ofrece recopilaciones escritas o menciones en Colombia, en las Coplas de la costa colombiana del Pacífico, editado por la Universidad del Valle y compilado por Víctor Manuel Patiño entre 1945 y 1960

http://books.google.cl/books?id=aCXNkW7nHysC&pg=PA60&lpg=PA60&dq=tantas+naranjas+maduras&source=web&ots=xiePFXw3qi&sig=0vvRx5NL42Xpgi_TV9TdgsoFkCI&hl=es&sa=X&oi=book_result&resnum=8&ct=result#PPA29,M1

donde vienen una serie de coplas sobre las naranjas:

403. Tanta naranja amarilla,

tanto limóin colorado;

tanta muchacha bonita,

tanto chuncho enamorado.


407. Cuántas naranjas maduras,

cuánto limón por el suelo;

cuántas muchachas bonitas,

cuánto galán sin dinero.



En Argentina, por su parte, google ofrece dos menciones de dichos versos, una en el VII Encuentro de Copleros organizado por comunidades indígenas en Córdoba, en noviembre de este año.

http://www2.lavoz.com.ar/08/11/23/Salir-coplas.html


y otra en el Cancionero Popular de Jujuy recopilado por Juan Alfonso Carrizo

http://www.alcudiavirtual.ua.es/servlet/SirveObras/acadLetArg/68004064006461384100080/p0000025.htm#I_1795_

http://www2.lavoz.com.ar/08/11/23/Salir-coplas.html


En Chile, el nivel de afianzamiento popular folclórico es notable, por el grado de apropiamiento y de conversión que presentan las coplas. Dos parecieran ser las líneas de desarrollo: una línea centrada en los versos "a la mar fui por naranjas", con una melodía específica, muy conocida luego de la versión de Héctor Pavez, transparente y respetuosa en su sentido de registro recopilatorio. Ortiga y Pedro Villagra versionan esta fuente; los primeros, con su usual búsqueda estética dentro de los límites de la Nueva Canción Chilena, algo tétrica para oídos contemporáneos, un poquito agotadora con sus juegos de voces y variaciones melódicas y rítmicas; el segundo, con un hermoso y meditabundo cover, sutil y melancólico, al borde del preciosismo jarista, muy afín esta vez con la canción y con el aura de la canción.

La segunda línea es la recopilada por Violeta Parra y por Gabriela Pizarro, cada una con sus melodías. Y esta versión es una suerte de suma de tradiciones. Los versos "a la mar fui por naranjas / cosa que la mar no tiene" los encontramos en las versiones asturianas, pero no parecen estar en las coplas de carnaval americanas; "tantas naranjas maduras / tantos limones partidos", por el contrario, parecen ser propias de las coplas de nuestro continente, pero no de las líneas trasatlánticas. Las versiones parreanas y pizarristas reúnen esas dos líneas poéticas.

Ambas son versiones que abandonan el matiz filosófico de las versiones asturianas y melancólico de la línea pavezista: ya sea en tonada o en cueca con tintes chilotes (el rabel, en la versión de Pizarro y Rojas), Las naranjas se convierte en una canción alegre, picarezca, en la línea de copla amorosa alejada de cualquier dramatismo que de seguro calza más con lo que ocurre con las versiones copleras.

La versión de Violeta Parra, recopilada supuestamente en Lautaro, es la que más me gusta, con su guitarra traspuesta y con su voz cruda y (casi) destemplada. Es de 1956, de los tiempos que la EMI grababa todo lo que oliera a ritmo latino de base folclórica, en un afán a medio camino entre el altruismo cultural y la voracidad comercial de encontrar nuevas Cubas y Pérez Prados y que les hizo registrar un incréible catálogo de músicas de toda América que ahora duerme agónico en sus estanterías.

Margot Loyola, por no ser menos, recopiló en ritmo de porteña una variante que mantiene los versos que parece más se han difundido por las zonas campesinas (y las no tanto), los de "tanta niña bonita / tanto hombre soltero", transformados incluso en versos homofóbicos en los foros de payas dieciocheros.

La melancólica picardía amorosa de la versión de Violeta Parra, insisto, me parece insuperable. ¿O es que su canto en realidad proyecta desazón y ya esa rabia amatoria que luego caracterizaría algunas de sus grandes canciones? Esa ambigüedad esencial transforma los versos mencionados casi en decepción, en furia contenida, en profunda resignación, como cuando dice "un amor me tiene loca / perdida y sin esperanzas". En ese punto, la versión ya no es una recopilación folclórica: es puro Violeta.

6 de diciembre de 2008

MAMBO DE MACHAGUAY

mambo de machaguay

El Mambo de Machaguay es una suerte de catedral de la música latinoamerica: obra sacra de arquitectura nuestra que recorre el mundo como una jubilosa exaltación del mundo desde las visiones y sensibilidades andinas y latinas carnavaleras en general.

El Mambo, qué rico mambo,Mambo de Machaguay es una catedral en carnaval. Como dice una vieja cumbia colombiana, "hasta los cojos sueltan las mulas y se sienten buenos cuando la bailan".Ya sea en su versión huaynera pura, ya sea rockeada, ya sea con guitarrita criolla, ya sea con guitarrita psicodélica. El Mambo de Machaguay es un catedral. Catedral construida, eso sí, con dos cúpulas.

¡Mambo, qué rico el mambo!
¡Mambo, qué rico es!

La composición original es de Luis Pizarro Cerón, folclorista peruano. La creó, era que no, como necesidad de aunar en una sola expresión dos inquietudes y/o motivaciones; es decir, como en toda obra relevante americana, la mezcla, lo barroco, el mestizaje de estilos y conceptos es el gen constitutivo, primordial, sin el cual la obra no existiría. En este caso, la composición es el punto de encuentro entre la sierra peruana (el ritmo de huayno, el canto dedicado a un poblado arequipeño homónimo http://es.wikipedia.org/wiki/Distrito_de_Machaguay ) y, según Eduardo Parra ( http://rockenlasamericas.blogspot.com/2007/10/los-jaivas-y-el-mambo-de-machaguay.html ) el desembarco internacional del mambo durante los años cincuenta, de la mano de la industria mexicana y el gran impacto que logró el nunca igualado desquiciamiento rítmico de Dámaso Pérez Prado. Tal como Condorito de la mano de Pepo, el Mambo de Machaguay nace como un nosotros también, y qué frente a las influencias circulantes por América. Hijo de la hibridez, entonces, y de la síntesis.

¡Río de Puyurca, dejame pasar!
¡Río de Puyurca, dejame pasar!

La primera cúpula de esta catedral es, entonces, la huaynera más pura, por si eso puede decirse. La línea más de proyección andina, al menos. No he logrado dar con lo que se supone que es la versión que da a conocer el Mambo, la de Agustín Flores León, pero creo que se da por hecho que "la versión" a la que uno puede acceder es la del gran Luis Abanto Morales. Las onomatopeyas en el canto, el rasgueo, las síncopas y los remates de la guitarra, la economía absoluta de recursos, el estribillo cantado en quechua... nada sobra ni nada se exagera en esta versión y la hace sentir como si fuera la genuina versión que un machaguayeño cantaría.

Bajo este influjo purista, encontramos una serie de versiones que enfatizan el gesto "andino" ya sea en la presencia de quenas o en un canto en estilo saya o en el sonido del charango y del bombo más prototípico e internacionalizado de la música andina, es decir, más propio de grabaciones para colecciones de World Music con sensibilidad anglosajona. Así encontramos las versiones de Inca Son (peruanos), El Poncho (latinos en Italia), para mi gusto muy preocupadas de dar con el internacional tono andino.

En la misma cúpula, pero con búsquedas estéticas más valientes, encontramos dos versiones argentinas: la del folclorista jujeño Fortunato Ramos, quien recrea con ciertos aires de misterio una versión que va creando, en la repetición instrumental, una curiosa creciente expectación. Quizás sea una suerte de metáfora musical sobre el ascender (al altiplano por ejemplo) que podemos encontrar también, si alargamos caprichosamente la interpretabilidad semiótica, al solo de guitarra de Los Jaivas en su versión Aconcagua.

La otra versión argentina es la de Horacio Fontova. ¿Él la habrá escuchado desde Los Jaivas? En varios aspectos, la versión de Fontova parece querer estar a medio camino entre Morales y los viñamarinos, ya sea por la manera de cantar de Fontova, por el uso de la letra seleccionada por Los Jaivas y por la mestiza instrumentación, con bajo electrónico y percusión de espíritu hippie, pero con charango y violín serrano neto.

Desde Lima vengo con mi Machaguay.
Desde Lima vengo con mi Machaguay.

Para nosotros, los chilenos, las versiones de Los Jaivas son tan queridas y penetraron tan fuertemente en nuestra particular psiquis carnavalera, que con frecuencia se nos olvida que no es un tema propio, ni mucho menos auna canción chilena. Algo similar a lo que ocurre en Perú con "Mujer Hilandera" versionada por Juaneco y Su Combo. No importa, porque es, como insisto, una catedral americana.


En 1978, Los Jaivas graban la primera versión en Argentina y la lanzan como single. Hoy por hoy la podemos escuchar en el disco "Canción del sur". Ahora, como luego en 1981 vuelven a grabarla, uno nota claramente cómo el grupo viñamarino la fue asimilando lentamente hasta llegar a esa explosión perfecta de baile y alegría que es la versión del "Aconcagua". En otras palabras, a través de sus dos versiones uno puede observar cómo Los Jaivas buscaron y experimentaron hasta alcanzar un ideal de interpretación de rock huaynero... o de huayno rockero... de un mambo serrano.

La versión de 1978 me evoca, entonces, una mirada más cruda y brutal de la canción. Al lado de la saya superficialmente alegre de El Poncho, esta versión es tinku puro, violento, pesado. La segunda guitarra es americana neta, parreana en la línea de Y arriba quemando el sol, porque es percusión, porque es matraca. El estribillo alcanza un matiz específico y diferenciado con esas palmas y percusiones más enfatizadas que las voces. El solo de guitarra resulta algo confuso, exploratorio, todavía en búsqueda.

La versión de 1982 es rock jaivero puro, pero ya no es tan tinku. No están las palmas tribales, no está la segunda guitarra percusiva, la instrumentación gana en exquisitez y variedad con el piano, el charango y las quenas andinizantes. Es una versión menos brutal, pero más alegre, fiestera, dinámica. Más frenética.

El momento central es el solo de guitarra. Quisiera que un músico me pudiera graficar cómo se conjugan en ese momento único los recursos gramaticales del rock y del huayno. Podemos elucubrar interpretaciones semióticas quizás antojadizas (la metáfora del ascenso, la insistencia en la idea de la síntesis y del barroquismo capital). Baste por ahora con escucharlo. Para mí al menos, es uno de los momentos cúlmines de la música chilena y americana, un momento único de alegría, energía, magia y mística nortina, como si ahi también estuviera cayendo sobre nosotros el cielo evocado en Canción del Sur. Los Jaivas consagran el profundo amor que sintieron siempre por la música serrana en ese solo de guitarra, mágico, definitivo.

Después de Los Jaivas, nada. Las dos versiones chilenas restantes están, por supuesto, en función de la versión del "Aconcagua", aunque esta no nos parezca versión sino original. Por eso, a partir de Los Jaivas el Mambo de Machaguay se reinventa, es otro. La segunda cúpula de la catedral. Los Bunkers y Sinergia están en ese universo estético ofreciendo sus particulares covers. En Sinergia sobre todo ya queda muy poco de Abanto Morales. Casi nada. El barroquismo se ha cambiado por posmodernidad, por una mezcla sin mucha síntesis y sin mucha vuelta de tuerca. Para mí, en definitiva, una versión en el punto estético y ético justamente contrario al de Fontova o al de los Parras de Viña del Mar.

El Mambo, qué rico mambo, es otra cosa. Es mambo, huayno y rock a la vez. Es Machaguay, un pueblo que parece creado por el realismo mágico, pero que de seguro es tan americano, tan real, tan sintético, como el que más.

15 de noviembre de 2008

SANTIAGO PENANDO ESTÁS

Santiago, Penando Estas - Violeta Parra

Entre 1961 y 1963 Violeta Parra graba en Francia la única versión que se le conoce de "Santiago penando estás". El tum tum tum tum machacante, la línea melódica misteriosa, la voz filosa y de amargura contenida, el aire a canción mapuche… Violeta Parra explora en u minimalismo extremo e inquietante y lo emerge como contraposición estética y ética al Santiago moderno, bullicioso, artificioso y artificial que de seguro se grababa en su memoria a la distancia. No quisiera ver en sus opciones un “regreso a lo esencial”, aunque la percusión puede leerse como ese latido del corazón aún vivo camino hacia la muerte. Lo entiendo más bien como una economía de recursos motivada por la ausencia de una “música propiamente santiaguina” y por lo tanto el rechazo a todas las músicas de la época hechas en Santiago pero autodenominadas chilenas o nacionales o tradicionales o folclóricas. La percusión machacante cumple, aparte de latir como el corazón desfalleciente, con la misión de guiar el trance del lamento de manera explícitamente reiterativa y simple. Ante tal economía estilística, pareciera que una versión como la de Ricardo Villalobos consuena más con este cruce estético ético que las versiones, preciosas y preciosistas, de Claudia Acuña y Sonia La Única, donde las cuidadas instrumentaciones apelan, bajo mi gusto, a cierta artificiosidad nada de parreana. Más impactante es, en el plano de las versiones, la que en los ochenta lleva a cabo Ortiga. Tensa, dramática, ampulosa, tremendista; lleva al paroxismo los recursos estilísticos de La Nueva Canción, a tal punto de atentar contra toda la sobriedad y transparencia discursiva de la versión original. Claro, Ortiga dialoga con un Santiago aún peor que el de Violeta, no solo militarizado e indolente, sino además gobernado por el dictador.

Santiago Penando Estas - Anita Tijoux

santiago penando estás - sonia la única

Santiago penando estás - Ortiga

SANTIAGO PENANDO ESTÁS - RICARDO VILLALOBOS

Santiago penando estás - Claudia Acuña (en vivo)


Discursivamente, la canción sigue la línea ácida y definitiva, sin metáforas ni concesiones, que caracterizan las líricas de Violeta Parra a fines de los años cincuenta y todo el inicio de los sesenta, desde que escribe “Yo canto a la chillaneja”. Esta es, sin embargo, una canción más confusa y ciertamente algo decepcionante. El “Santiago del novecientos” que Violeta Parra conoce y, de seguro, refiere en esta canción es el último Santiago de Ibáñez del Campo y el de Jorge Alessandri, el “león sanguinario” de La Carta, cuyo gobierno derechista se caracterizó por aumentar la crisis social del país al congelar el aumento de sueldos y liberalizar el mercado, lo que conllevó una altísima inflación. Ese es el Santiago descrito en tres de las estrofas de la canción, lleno de injusticia social, militarizado para aplacar las huelgas y protestas, con fieras cúpulas de poder distante de las después personas comunes y corrientes.

La segunda estrofa me llama altamente la atención, porque supongo que el matiz ecológico que presenta debía leerse en esa época muy distinto a cómo lo leemos hoy. El “Santiago del novecientos” es un Santiago que explotó demográficamente de un sopetón, recibiendo a miles de campesinos y salitreros que vivían en la miseria de provincia y que veían en la capital la posibilidad de aspirar a un nivel de vida un poco menos indigno. La misma Violeta engrosa el número de migrantes provincia-capital y no vive ajena a la falta de vivienda y de espacios públicos en general. Entiendo que, bajo esa perspectiva, añorar un Santiago villorrio, un Santiago comarca, es socialmente inaceptable. En otra canción más lúcida, Violeta señala con claridad “la Luisa no tiene casa, la parada militar… y si va al Parque la Luisa adónde va a regresar… cueca amarga militar”, y así las cosas era evidente que, frente a un gobierno miope e indolente, las construcciones humanas cortaran “las ramas donde solían cantar”. No había manera, entiendo, de que no fuera así.

Por eso considero extraño también que Parra añore el “Santiago del ochocientos”. Supongo que se refiere al Santiago de Benjamín Vicuña Mackenna, el “intrépido” intendente que se gastó la plata de los chilenos en “remodelar y hermosear Santiago”, esto es, el centro habitado por la aristocracia del momento. Bien es sabido que antes de Vicuña Mackenna Santiago era un atrasado pueblito nada higiénico y poco amigable a la vista. Bien es sabido también que después de Vicuña Mackenna, el Santiago pobre siguió siendo el mismo, mísero e inmundo, pues ninguna obra del “intrépido” salió del cuadrante del centro histórico. Sabemos también como eso desemboca en la crisis social del Santiago del centenario, lleno de cités hacinados e ignorados por una clase alta que ya comenzaba su estampida hacia los faldeos cordilleranos. En clave contemporánea, Vicuña Mackenna gastó la plata en poner autopistas subterráneas en Vitacura para permitir que partieran en dos las casas y los barrios de Lo Espejo. ¿Cómo podría añorar un Santiago tal Violeta Parra?

Entiendo que en la ética parreana, esta canción se instala como un lamento, un contenido sollozo frente a ese Santiago gris, de pretensiones modernas, de artificialidad patética, ajeno para sus propios habitantes, plasmado en “Tres tristes tigres” de Raúl Ruiz. Pero bajo mi lectura, los ruidos y las luces de la ciudad confundieron un poco el foco de la añoranza.