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25 de junio de 2009

CARIÑITO


Los colombianos dicen que es de ellos y no faltará el chileno que crea que es nuestra. Pachuco, en su versión ochentera, saluda a La Tirana, a Pica, al norte de Chile, a su pampa, y la orquesta suena carnavalera neta. Pero como con muchos otros éxitos sentidos como propios por mapochinos y paisanos, es en Perú donde hay que buscar su origen, en ese gran movimiento cumbiero que generaron en los setenta y en los ochenta llamado chicha y que tantos hits le ha dado a América.

Debe ser uno de los riffs (de bajo-guitarra originalmente) más famosos de toda la cumbia y también una de las letras más reconocidas. Su maestría está, pareciera, en la absoluta simpleza de su emotividad, en lo carne de canto en coro de su estribillo y en lo energizante que resulta el retorno al mentado riff después del "nunca / pero nunca / me abandones cariñito". Las versiones chilenas juegan muy claramente con ese efecto dramático del retorno al riff. En lo personal, creo que el éxito de esta cumbia es su relación inestable, de flirteo y negación, con los ritmos andinos y como ese eco carnavalero le brinda una carga emotiva difícil de describir si solo se le observa en cuanto cumbia, incluso en cuanto chicha.

La versión original es de Los Hijos del Sol, agrupación fundada por Ángel Aníbal Rosado en 1979. Rosado fue un importante compositor de huaynos y cumbias a partir de los sesenta, por lo tanto no le eran nada desconocidas las formas íntimas de componer canciones de aire serrano. Pero las canciones chicha, y también las cumbias andinas peruanas, tienen ese juego de modernización, de urbanización, que revela de manera desigual y conflictiva el origen cholo de muchas de sus inspiraciones, y "Cariñito", en su versión primera, más intenta esconder que ostentar. Ángel Aníbal pone en los riffs al mejor guitarrista de la historia de la chicha, José Luis Carvallo - quien después grabaría esas increíbles guitarras para Chacalón y La Nueva Crema- y la hace sonar profundamente setentera, con un sonido limpio, nítido, sin ninguna parafernalia, en la misma senda que ya había señalado con claridad Enrique Delgado desde Los Destellos. ¡¡Acaso pueda llamársele chicha a una cumbia así, tan alejada de las estéticas más sincréticas de los Shapis, de Vico y del mismo Chacalón...!! Acá el ritmo más lento, la pulcritud sobria de los instrumentos, todo está pensado para una clase media limeña que mira esta música de reojo, pero que entiende que en Delgados y Rosados puede confiar sin riesgo a ser prejuiciado socialmente. Es, desde esta perspectiva, una cumbia blanqueada. Pero ahí está lo serrano, presente y ausente, en algún eco de esa guitarra y de ese bajo imperecedero.

La versión colombiana internacionaliza aún más el sonido y la estética, sobre todo con el uso del saxofón que complejiza la chichera mezcla de guitarra-bajo. La voz de Rofoldo Aicardi, acá junto a Los Hispanos, es también más blanca y típicamente cumbiera. Podría apostar que "Cariñito" llega a Chile por la grabación de Discos Fuentes y que Pachuco, o incluso capaz el gran Macha, no escucharon nunca la versión de Rosado, tal como sin dudas debe de haber ocurrido con tantas otras cumbias peruanas famosas acá en Chile, mediadas por versiones colombianas ochenteras, muchas de ella de Rodolfo, como "La Colegiala", "Ojitos Hechiceros", "Traicionera" y un largo largo etcétera.

La versión de Rodolfo, en la línea de un ritmo más lento del que le asociamos en Chile, es puro sonora, aunque el flirteo no le alcanza para que pase por una cumbia de La Sonora Dinamita. Es, me parece, un intento algo fallido de neutralizarla en su adn serrano. Escúchese, por ejemplo, cómo atacan las voces el estribillo, en la más fina tradición corralera... pero siempre se debe llegar una vez más al momento del riff, y ahí la posibilidad de pasar por canción barranquillera es poca o casi nula.

A mediados de los ochenta, Pachuco y la Cubanacán sacan el clásico disco "El Africano". El décimo track del largaduración es una locura: "Cariñito" ¡¡al fin sonando como la diablada que le han negado ser!! ¿Cómo habrá sonado para el imaginario ochentero, en plena dictadura militar, esta mezcla de carnaval y cumbia tradicional que proponía la Cubanacán? Debe de haber llegado al corazón de los oídos nacionales y puesto con un alfiler junto al "Mambo de Machaguay" y a "Mañana me voy pal Norte" y a la "Reina del Tamarugal" y a todas esas canciones que al menos acá en el centro no s recrean una y otra vez el mito de La Tirana, de lo andino, allá lejos por el norte, de lo altiplánico. Esta versión tenía que ser un hit y jamás podría haberse librado de convertirse en el emotivo combo que representa.

Acá los metales aparecen ya sin ninguna vergüenza y Pachuco la trata como verdadera cumbia andina, es decir, como si fuera un huayno acumbiado. El inicio es potente y de seguro se quiso replicar el efecto Mambo de Machaguay, tan usado por los mismos Jaivas en otras canciones, por Sol y Lluvia, por Chico Trujillo últimamente. Se potencia, además, el efecto energizante del retorno al riff, ya mencionado más arriba, y que aporta tanto al momento de estar bailándola.

La versión dosmilera de Chico Trujillo extremiza aún más todas las características que ya están presentes en la versión de Pachuco. Ya han pasado dos décadas (la grabación es del 2003, en vivo), el Macha y compañía están en Berlín, y después de unos noventa más bien oscuros para la cumbia chilena - con ese destello fulminante de luz enrarecida que fue el sound-, Santiago comienza a inundarse nuevamente de cumbia, de una cumbia de barrio universitario, de mambo nuevo y de mezcla híbrida desvergonzada y sincera, post pretensionalidades alvarohenriquiztas.

Acá nuevamente se recrea una supuesta línea directa entre "Cariñito" y alguna diablada iquiqueña. ¡¡Qué curioso, insisto, que este sea el mismo camino de recreación de lo nortino que siguieron Los Jaivas para instalar, imperecedero, al "Mambo de Machaguay", huayno piolísima en su origen, en el imaginario sonoro chileno!! Y acá estamos más cerca del "Mambo" que los Hijos del Sol... el ritmo está desaforado, los metales lo gobiernan todo, la voz del Macha se destempla como solo él sabe hacerlo, el público salta como solo en el Galpón Víctor Jara sucede... la audición así, en vivo, de esta versión es una experiencia arrolladora, especialmente pensado que eso puede suceder en medio de la tranquila noche santiaguina. Escúchese - ojalá vívase- el retorno al riff famoso después de que la orquesta se ha silenciado para que el público coree el estribillo... ¡¡Ahí está todo el mito de el norte actualizado y excelentemente exagerado!! Ángel Aníbal debe estar reclamando, desde su tumba, por la bulla estridente en el barrio. El camino de ocultamiento que intentó originalmente Rosado acá está revertido y llevado al paroxismo.

El símil limeño de Chico Trujillo es Bareto - por origen musical y por público específico que atraen-, aunque, que quede claro desde ya, la maestra presencia del Macha sobre el escenario no se replica para nada de igual manera por los limeños. Pero son fenómenos y procesos paralelos y similares en varios aspectos, aunque mucho más abc1 los Bareto ("los blanquiñosos pitucos de la cumbia, con un corazón más cholo que el mío" dice en tono de sincero y completo piropo magaly, la polémica animadora del programa Magaly TV), incluso pensando que Chico Trujillo ha seguido quizás un camino hacia donde mismo. Sin insistir en la superior calidad de los floripondios, sobresale de inmediato que la nueva versión peruana incluye igualmente metales, aunque más en la línea de Rodolfo que de Pachuco. Pero la voz no es cumbiera, el estilo no es cumbiero (¡¡menos chichero!!) y resulta más un ejercicio caprichoso, algo oportunista, que una lectura que aporte nuevos aires a la ya clásica canción.

Más intersante resulta la lectura rockera de La Sarita, porque los mismos códigos de neutralidad, de velo, acá se actualizan en una dirección inusitada - escúchese la voz infantil citando al "Cóndor Pasa" como macabra intertextualidad. Los seguidores de esta agrupación hablan de rock fusión, aunque me cuesta ver lo fusionado de esta versión, más allá de su adn innegable. Pero se reafirma, entonces, que "Cariñito" es de las cumbias más importantes del movimiento limeño setentero, a pesar de la extrema simpleza que snobistas internautas le achacan, porque de lo contrario no se entiende la fuerza interior que tiene para recrearse una y otra y otra vez, aguantando tanto choque estilístico y estético, aunque siempre con esa emotividad a flor de piel, tan sincera, tan diáfana, que la caracteriza. Un verdadero clásico.




16 de diciembre de 2008

LAS NARANJAS


las naranjas

La música le pertenece a quien la consuma y no solo a quien la crea. En el folclor, ese es el sacramento de nuestra fe, aunque la afirmación no es privativa en absoluto de las obras de música popular y de música docta. Sin querer ponerme posmoderno, cada versión reinventa la obra, de manera tal que nunca se alcanza una versión definitiva de ninguna.


En el folclor no se sabe el autor individual. O prefiere no saberse. Entre el romanticismo y el sentimiento común de pertenencia de los bienes culturales, las piezas folclóricas simplemente están, aparecieron un día, y metafóricamente se dice entonces que las creó el pueblo, lo que es una manera de decir que tanta gente las versionó que ya se perdió la huella de una versión primera y de un autor fehaciente.


A la mar fui por naranjas o Las naranjas es tanto una canción popular asturiana como una tonada del campo chileno o una copla de carnaval de Jujuy y Salta. Sin saber su autor, no podría decirse en ningún caso de que se trata de una canción asturiana recopilada en distintas partes de América, porque indudablemente las versiones americanas ya tienen su fisonomía propia, su estampa: la línea melódica, sea cual sea, es mestiza, la instrumentación es campesina, los énfasis son nuestros.

Parece haber, por cierto, toda una tradición peninsular en torno a los versos de las naranjas maduras, pero es muy notorio cómo en todas las versiones europeas el centro está en el mar como metáfora del amor y de la incertidumbre vital, más que en las naranjas mismas. Las versiones peninsulares tienen, además, un indudable aire morisco, tal como se puede oir en las versiones de cantantes español@s actuales o de Walsh y Valladares. La versión en gaita nos recuerda el hervidero de culturas que siempre ha sido lo que llamamos España. Y quizás no haya nada más asturiano que una gaita (ahí soy un ignorante absoluto) y la línea morisca de canto más bien sea propio de versiones más sureñas... Durante el siglo XX, de hecho, esos versos fueron recuperados por el poeta canario Pedro García Cabrera, decidido antifranquista que, claro está, debía creer mucho en eso de que "metí las manos al agua / las esperanzas mantiene".

En América, versiones musicales solo he encontrado de fuentes chilenas, pero el googleo pertinente ofrece recopilaciones escritas o menciones en Colombia, en las Coplas de la costa colombiana del Pacífico, editado por la Universidad del Valle y compilado por Víctor Manuel Patiño entre 1945 y 1960

http://books.google.cl/books?id=aCXNkW7nHysC&pg=PA60&lpg=PA60&dq=tantas+naranjas+maduras&source=web&ots=xiePFXw3qi&sig=0vvRx5NL42Xpgi_TV9TdgsoFkCI&hl=es&sa=X&oi=book_result&resnum=8&ct=result#PPA29,M1

donde vienen una serie de coplas sobre las naranjas:

403. Tanta naranja amarilla,

tanto limóin colorado;

tanta muchacha bonita,

tanto chuncho enamorado.


407. Cuántas naranjas maduras,

cuánto limón por el suelo;

cuántas muchachas bonitas,

cuánto galán sin dinero.



En Argentina, por su parte, google ofrece dos menciones de dichos versos, una en el VII Encuentro de Copleros organizado por comunidades indígenas en Córdoba, en noviembre de este año.

http://www2.lavoz.com.ar/08/11/23/Salir-coplas.html


y otra en el Cancionero Popular de Jujuy recopilado por Juan Alfonso Carrizo

http://www.alcudiavirtual.ua.es/servlet/SirveObras/acadLetArg/68004064006461384100080/p0000025.htm#I_1795_

http://www2.lavoz.com.ar/08/11/23/Salir-coplas.html


En Chile, el nivel de afianzamiento popular folclórico es notable, por el grado de apropiamiento y de conversión que presentan las coplas. Dos parecieran ser las líneas de desarrollo: una línea centrada en los versos "a la mar fui por naranjas", con una melodía específica, muy conocida luego de la versión de Héctor Pavez, transparente y respetuosa en su sentido de registro recopilatorio. Ortiga y Pedro Villagra versionan esta fuente; los primeros, con su usual búsqueda estética dentro de los límites de la Nueva Canción Chilena, algo tétrica para oídos contemporáneos, un poquito agotadora con sus juegos de voces y variaciones melódicas y rítmicas; el segundo, con un hermoso y meditabundo cover, sutil y melancólico, al borde del preciosismo jarista, muy afín esta vez con la canción y con el aura de la canción.

La segunda línea es la recopilada por Violeta Parra y por Gabriela Pizarro, cada una con sus melodías. Y esta versión es una suerte de suma de tradiciones. Los versos "a la mar fui por naranjas / cosa que la mar no tiene" los encontramos en las versiones asturianas, pero no parecen estar en las coplas de carnaval americanas; "tantas naranjas maduras / tantos limones partidos", por el contrario, parecen ser propias de las coplas de nuestro continente, pero no de las líneas trasatlánticas. Las versiones parreanas y pizarristas reúnen esas dos líneas poéticas.

Ambas son versiones que abandonan el matiz filosófico de las versiones asturianas y melancólico de la línea pavezista: ya sea en tonada o en cueca con tintes chilotes (el rabel, en la versión de Pizarro y Rojas), Las naranjas se convierte en una canción alegre, picarezca, en la línea de copla amorosa alejada de cualquier dramatismo que de seguro calza más con lo que ocurre con las versiones copleras.

La versión de Violeta Parra, recopilada supuestamente en Lautaro, es la que más me gusta, con su guitarra traspuesta y con su voz cruda y (casi) destemplada. Es de 1956, de los tiempos que la EMI grababa todo lo que oliera a ritmo latino de base folclórica, en un afán a medio camino entre el altruismo cultural y la voracidad comercial de encontrar nuevas Cubas y Pérez Prados y que les hizo registrar un incréible catálogo de músicas de toda América que ahora duerme agónico en sus estanterías.

Margot Loyola, por no ser menos, recopiló en ritmo de porteña una variante que mantiene los versos que parece más se han difundido por las zonas campesinas (y las no tanto), los de "tanta niña bonita / tanto hombre soltero", transformados incluso en versos homofóbicos en los foros de payas dieciocheros.

La melancólica picardía amorosa de la versión de Violeta Parra, insisto, me parece insuperable. ¿O es que su canto en realidad proyecta desazón y ya esa rabia amatoria que luego caracterizaría algunas de sus grandes canciones? Esa ambigüedad esencial transforma los versos mencionados casi en decepción, en furia contenida, en profunda resignación, como cuando dice "un amor me tiene loca / perdida y sin esperanzas". En ese punto, la versión ya no es una recopilación folclórica: es puro Violeta.

11 de diciembre de 2008

PACHUCO BAILARÍN


Pachuco Bailarín marca el paso no es un tema de Pachuco, como todo buen chileno cumbiero podría pensar. Al igual que casi toda nuestra movida tropical, nada es nuestro en su origen (bueno, el mismo Pachuco no lo era), pero sí todo está modificado y en cierto modo folclorizado. Por eso es nuestra cumbia ( y hablamos de "cumbia" aunque se nos diga que ahí metemos en el mismo saco cumbiones, merengues, salsas, paseos, etc., etc., etc.).

Pachuco Bailarín proviene del Mambo Pachuco, del gran Dámaso Pérez Prado. De quién otro. La versión es, sin duda, una grabación llena de gracia, de viveza, de pachuquería. Porque claro, Pérez Prado está pensando en el pachuco, en este emigrante mexicano que se va a California en los años 20 y 30 y que establece todo un sistema de vida, de moda, de baile, de vestimenta que ya se lo quisieran los más acérrimos fans del falso kitsh actual. Pérez Prado está pensando, entonces, en vecindades con pachuqueros bailando al son del ritmo latino y que comenzaban a tomarse las calles de Los Ángeles y del sur de EE.UU.

Los pachucos son bakanes de verdad. Inventaron la ropa de La Máscara, fueron posmo antes que los dernos, de un día pa otro amanecieron hablando spanglish chicano e impusieron una manera de bailar, de enfiestarse, de vivir la vida, siempre a medio camino entre lo carretero, lo ilegal y lo latino. ¡Pachuquear es neto!

http://es.wikipedia.org/wiki/Pachuco

Versiones del mambo hay por montones, casi todas mexicanas. El pachuco se va a Estados Unidos, es discriminado allá y acá, pero vuelve con la mejor de las venganzas: impone su baile, su música, su alegría y su estética. ¡Que alguien se atreva a acusarla de kitsh! Entonces las bandas del pacífico versionan y versionan su música, y los rockeros pachuquean su ska y su punk. Y todos tratan de reinventar un poco el espíritu pachuco original. Pero ya es solo remedo. Ya es tarde para un sincero reconocimiento... huele a tardía jugada derna.

En Chile, la canción puede funcionar sin nada de ese transfondo cultural, porque simplemente nosotros tuvimos nuestro Pachuco. A la chilena. Roberto Fonseca.

http://www.musicapopular.cl/2.0/index2.php?op=Artista&id=1269

Nadie cómo él en la música tropical chilena. No hay banda que proyecte tanta energía con sus metales como La Cubanacán. No hay reinvenciones más animadas que las que la agrupación lograba de Lupita o El Africano (con su conocido eco popular antipinochetista, muy a pesar de Fonseca)

http://logotoma.blogspot.com/2008/01/fontica-en-tiempos-de-clera.html

Pachuco idolatra a Pérez Prado. Lo transpira en cada uno de los arreglos instrumentales de sus mambos acumbiados ( o achilenados, se podría decir), mambos que, sin embargo, no copia simplemente. El amor a Dámaso lleva a nuestro Pachuco a variar, incluso experimentar, con la música del maestro cubano, tal como se puede oir en su versión de Pachuco bailarín o en la de Lupita. La versión de Pachuco Bailarín chilena es más energética, tosca y curiosamente militarizada. Insistimos: son los tiempos de la dictadura militar y ya sabemos que lamentablemente el señor Fonseca sentía cierta admiración por el siniestro dictador. Sin proponérselo, quiero creer, participaba además en una suerte de evasión popular y de blanqueamiento de ciertos símbolos represivos, como ocurre con la marcha militar en esta canción. Los metales están perfectos, el ritmo es endemoniado. Todo va bien hasta que suenan esos sones militares. La gracia y viveza del pachuco originario se pierde; pero, no cabe duda, estamos ante una cumbia achilenada. Folclorizada. Militarizada.




mambo pachuco

6 de diciembre de 2008

MAMBO DE MACHAGUAY

mambo de machaguay

El Mambo de Machaguay es una suerte de catedral de la música latinoamerica: obra sacra de arquitectura nuestra que recorre el mundo como una jubilosa exaltación del mundo desde las visiones y sensibilidades andinas y latinas carnavaleras en general.

El Mambo, qué rico mambo,Mambo de Machaguay es una catedral en carnaval. Como dice una vieja cumbia colombiana, "hasta los cojos sueltan las mulas y se sienten buenos cuando la bailan".Ya sea en su versión huaynera pura, ya sea rockeada, ya sea con guitarrita criolla, ya sea con guitarrita psicodélica. El Mambo de Machaguay es un catedral. Catedral construida, eso sí, con dos cúpulas.

¡Mambo, qué rico el mambo!
¡Mambo, qué rico es!

La composición original es de Luis Pizarro Cerón, folclorista peruano. La creó, era que no, como necesidad de aunar en una sola expresión dos inquietudes y/o motivaciones; es decir, como en toda obra relevante americana, la mezcla, lo barroco, el mestizaje de estilos y conceptos es el gen constitutivo, primordial, sin el cual la obra no existiría. En este caso, la composición es el punto de encuentro entre la sierra peruana (el ritmo de huayno, el canto dedicado a un poblado arequipeño homónimo http://es.wikipedia.org/wiki/Distrito_de_Machaguay ) y, según Eduardo Parra ( http://rockenlasamericas.blogspot.com/2007/10/los-jaivas-y-el-mambo-de-machaguay.html ) el desembarco internacional del mambo durante los años cincuenta, de la mano de la industria mexicana y el gran impacto que logró el nunca igualado desquiciamiento rítmico de Dámaso Pérez Prado. Tal como Condorito de la mano de Pepo, el Mambo de Machaguay nace como un nosotros también, y qué frente a las influencias circulantes por América. Hijo de la hibridez, entonces, y de la síntesis.

¡Río de Puyurca, dejame pasar!
¡Río de Puyurca, dejame pasar!

La primera cúpula de esta catedral es, entonces, la huaynera más pura, por si eso puede decirse. La línea más de proyección andina, al menos. No he logrado dar con lo que se supone que es la versión que da a conocer el Mambo, la de Agustín Flores León, pero creo que se da por hecho que "la versión" a la que uno puede acceder es la del gran Luis Abanto Morales. Las onomatopeyas en el canto, el rasgueo, las síncopas y los remates de la guitarra, la economía absoluta de recursos, el estribillo cantado en quechua... nada sobra ni nada se exagera en esta versión y la hace sentir como si fuera la genuina versión que un machaguayeño cantaría.

Bajo este influjo purista, encontramos una serie de versiones que enfatizan el gesto "andino" ya sea en la presencia de quenas o en un canto en estilo saya o en el sonido del charango y del bombo más prototípico e internacionalizado de la música andina, es decir, más propio de grabaciones para colecciones de World Music con sensibilidad anglosajona. Así encontramos las versiones de Inca Son (peruanos), El Poncho (latinos en Italia), para mi gusto muy preocupadas de dar con el internacional tono andino.

En la misma cúpula, pero con búsquedas estéticas más valientes, encontramos dos versiones argentinas: la del folclorista jujeño Fortunato Ramos, quien recrea con ciertos aires de misterio una versión que va creando, en la repetición instrumental, una curiosa creciente expectación. Quizás sea una suerte de metáfora musical sobre el ascender (al altiplano por ejemplo) que podemos encontrar también, si alargamos caprichosamente la interpretabilidad semiótica, al solo de guitarra de Los Jaivas en su versión Aconcagua.

La otra versión argentina es la de Horacio Fontova. ¿Él la habrá escuchado desde Los Jaivas? En varios aspectos, la versión de Fontova parece querer estar a medio camino entre Morales y los viñamarinos, ya sea por la manera de cantar de Fontova, por el uso de la letra seleccionada por Los Jaivas y por la mestiza instrumentación, con bajo electrónico y percusión de espíritu hippie, pero con charango y violín serrano neto.

Desde Lima vengo con mi Machaguay.
Desde Lima vengo con mi Machaguay.

Para nosotros, los chilenos, las versiones de Los Jaivas son tan queridas y penetraron tan fuertemente en nuestra particular psiquis carnavalera, que con frecuencia se nos olvida que no es un tema propio, ni mucho menos auna canción chilena. Algo similar a lo que ocurre en Perú con "Mujer Hilandera" versionada por Juaneco y Su Combo. No importa, porque es, como insisto, una catedral americana.


En 1978, Los Jaivas graban la primera versión en Argentina y la lanzan como single. Hoy por hoy la podemos escuchar en el disco "Canción del sur". Ahora, como luego en 1981 vuelven a grabarla, uno nota claramente cómo el grupo viñamarino la fue asimilando lentamente hasta llegar a esa explosión perfecta de baile y alegría que es la versión del "Aconcagua". En otras palabras, a través de sus dos versiones uno puede observar cómo Los Jaivas buscaron y experimentaron hasta alcanzar un ideal de interpretación de rock huaynero... o de huayno rockero... de un mambo serrano.

La versión de 1978 me evoca, entonces, una mirada más cruda y brutal de la canción. Al lado de la saya superficialmente alegre de El Poncho, esta versión es tinku puro, violento, pesado. La segunda guitarra es americana neta, parreana en la línea de Y arriba quemando el sol, porque es percusión, porque es matraca. El estribillo alcanza un matiz específico y diferenciado con esas palmas y percusiones más enfatizadas que las voces. El solo de guitarra resulta algo confuso, exploratorio, todavía en búsqueda.

La versión de 1982 es rock jaivero puro, pero ya no es tan tinku. No están las palmas tribales, no está la segunda guitarra percusiva, la instrumentación gana en exquisitez y variedad con el piano, el charango y las quenas andinizantes. Es una versión menos brutal, pero más alegre, fiestera, dinámica. Más frenética.

El momento central es el solo de guitarra. Quisiera que un músico me pudiera graficar cómo se conjugan en ese momento único los recursos gramaticales del rock y del huayno. Podemos elucubrar interpretaciones semióticas quizás antojadizas (la metáfora del ascenso, la insistencia en la idea de la síntesis y del barroquismo capital). Baste por ahora con escucharlo. Para mí al menos, es uno de los momentos cúlmines de la música chilena y americana, un momento único de alegría, energía, magia y mística nortina, como si ahi también estuviera cayendo sobre nosotros el cielo evocado en Canción del Sur. Los Jaivas consagran el profundo amor que sintieron siempre por la música serrana en ese solo de guitarra, mágico, definitivo.

Después de Los Jaivas, nada. Las dos versiones chilenas restantes están, por supuesto, en función de la versión del "Aconcagua", aunque esta no nos parezca versión sino original. Por eso, a partir de Los Jaivas el Mambo de Machaguay se reinventa, es otro. La segunda cúpula de la catedral. Los Bunkers y Sinergia están en ese universo estético ofreciendo sus particulares covers. En Sinergia sobre todo ya queda muy poco de Abanto Morales. Casi nada. El barroquismo se ha cambiado por posmodernidad, por una mezcla sin mucha síntesis y sin mucha vuelta de tuerca. Para mí, en definitiva, una versión en el punto estético y ético justamente contrario al de Fontova o al de los Parras de Viña del Mar.

El Mambo, qué rico mambo, es otra cosa. Es mambo, huayno y rock a la vez. Es Machaguay, un pueblo que parece creado por el realismo mágico, pero que de seguro es tan americano, tan real, tan sintético, como el que más.

28 de noviembre de 2008

ESPECIAL: PATA PATA

pata pata

Toque Toque es el nombre del baile que Miriam bailaba en Johannesburgo. Todos, aún hoy, comienzan a bailar apenas el Toque Toque comienza a sonar.

Cada viernes y sábado por la noche es momento de Toque Toque. El baile dura toda la noche... hasta que en la mañana el sol comienza a brillar.

Saguquga sathi bega nantsi Pata Pata

Saguquga sathi bega nantsi Pata Pata

Saguquga sathi bega nantsi Pata Pata

Saguquga sathi bega nantsi Pata Pata

Hiyo mama hiyo ma nantsi Pata Pata

Hiyo mama hiyo ma nantsi Pata Pata

Hiyo mama hiyo ma nantsi Pata Pata

Hiyo mama hiyo ma nantsi Pata Pata

El Pata Pata es de aquellas canciones simplemente inversionables. Cualquier intento de cover, cualquier homenaje, choca con la perfecta y compleja simpleza de la versión original del 67 y con la embriagadora ansiedad de la versión televisada del 68. Ya sea piano, ya sea guitarra, solo esos instrumentos crean el apoyo armónico justo y preciso de la canción, lleno de magia nocturna, de sincera vitalidad, de infinita energía. Luego, los "natsi Pata Pata" solo pueden ser coreados por esas voces sesenteras, carnosas, cálidas, que ningún otro coro logra o ha querido replicar, muchas veces por el afán de "modernizar" el sonido. Finalmente está la voz única de Miriam, misteriosa, llena de fuego, con esos agudos ásperos que solo pueden invitar a mover el cuerpo al ritmo del Toque Toque. Levemente ronca, levemente nasal, levemente destemplada... así son las grandes voces, conjunciones exactas de humanas imperfecciones, imperfecciones crudas, llenas de energía, de intención significativa en su canto.

Cualquier versión del Pata Pata sin la voz de Miriam Makeba no es un Pata Pata en absoluto, sea cantada en xhosa, inglés (Osibisa), spanglish (El General) o español (Thalía). Si es en la lengua nativa, solo Miriam canta con una naturalidad apabullante los clicks de la frase inicial, sin falsa amplificación ni artificios de ingenieros de sonido. Por supuesto, la mayoría de las versiones obvian los clicks y por lo tanto se pierde una parte esencial de la canción. Porque en ese click, en esas frases en xhosa, está la clave ética de la canción. La clave que vuelve al Pata Pata una canción humana, política, combatiente.

Miriam Makeba salió de su Sudáfrica natal a principio de los años 60 y recorrió Europa y Estados Unidos clamando por ayuda internacional para dar fin al apartheid que la población negra sufría por parte de los ingleses. Por supuesto, el gobierno de Johannesburgo le prohibió siquiera regresar a Sudáfrica, con lo que Miriam quedó como una ciudadana del mundo, vagando por los países, contando su destierro, cantando su lengua natal. Mama África la llamaron, porque en sus clicks (busquen y escuchen con qué simple ironía los dice en la palabra que ingleses no pueden decir, Qongqothwane, al presentar "The click song") , en sus movimientos de rodilla, en sus canciones nativas, lo que había era una mujer cálida, tierna, implorando por una situación de libertad y dignidad para su gente en su país.

Así, el Pata Pata es una canción de fiesta y baile (eso es lo que se conjuga semióticamente en el ritmo, instrumentación y letra de la canción y es eso lo estrictamente versionado por otros cantantes), pero inserto en un contexto discursivo de protesta y de concientización. Es imposible en este caso, como en tantos otros, trazar con claridad la manera como las "opciones textuales" vehiculizan las significaciones discursivas totales que consuman la canción. El producto semiótico completo es la opción discursiva, y de esa manera el discurso se vuelve irreproductible, o cada vez que se versiona se pierde en su compleja unidad, porque ya no es Miriam, ya no es el apartheid y ya no es el xhosa el que se está consumando junto a esa secuencia mágica de acordes.

Siento, sobre todo con la (irritante) versión de Thalía, que de esa complejidad discursiva no queda nada, que solo nos enfrentamos al plano simple de la denotación fiestera y bailable. Así, el Pata Pata pasa a ser un tema vulgar, uno más entre miles de otros "bailes" que nos venden los productores. Ya no hay clicks, ya no hay voz cálida y enérgica, ya no hay lengua nativa. Ya no hay un artefacto (qué curiosa palabrota) semióticamente rico de significaciones y diálogos. Ya no hay una conciencia ideológica que sitúa en el baile el grito rabioso de todo un pueblo.

Viva por siempre Miriam Makeba y su Pata Pata.

16 de noviembre de 2008

ENDE QUE TE VI

Ende Que Te Vi - Carmen Ruiz Y Fiesta Linda

Un día de mañanita salí a recorrer la hacienda,
y me encontré con mi prienda que se encontraba solita.
Le dije al punto: "M' hijita, ¡no sabe cuánto la quiero!
Yo soy un huaso sincero que su amor le solicita,
y espero que usted permita que sea su amor primero."

Ende que te vi, que te quiero,
ende que te vi, que te adoro,
quien te quiere a ti, mi lucero,
quien te quiere a ti, mi tesoro.
¡Corre que te tengo que querer,
corre que te tengo que adorar,
corre que te tengo que querer
aunque tu mama no me pueda ver!

No tengo mucho dinero para empezar el ranchito,
pero le juro y repito que soy un huaso sincero.
Ensillo mi manco overo y salgo a buscar fortuna,
y antes que me cuenten una me recorro el mundo entero;
por eso tan sólo espero el sí de su boca'e luna.

El mundo de las versiones es ancho y ajeno. Luis Bahamondes compuso a principio de los años 50 una festiva tonada de tono romántico y ciertamente pintorecista. Ahí está pintado desde el filtro santiaguino el ingenio y la gracia del huaso ladino, siempre intrépido en el amor, humilde, aventurero.

La versión que consideraremos primera es la de Carmencita Ruiz y el Conjunto Fiesta Linda, la agrupación que las rompía en las radios chilenas de mediados de siglo. Ahi está el acordeón y el arpa, siempre en diálogo, y ahí está la voz grave, gruesa, firme de Carmencita Ruiz, perfecta para el travestismo interpretacional. La manera de abordar la canción es simple, pues confía en el caudal de su voz como recurso hegemónico. De seguro, la versión debe haber sido un hitazo. Alegre, exótica, es claramente una canción que representa fielmente el estilo huaso "desde la capital" tan de moda por esos años y que, por lo mismo, ha envejecido mal. Para nuestros oídos, la falaz estética y la pudorosa ética nos resulta ya muy distante.

Quizás por lo mismo las versiones rastreables de esta canción son tan distanciadas en su estética. La de Los Cinco Latinos es sesentera neta, llena de esa alegría sincera y simple de las Nuevas Olas americanas. Los juegos de voces, infaltables, y la voz inconfundible de Estela Rabal como sello interpretativo. Rescatan el lado festivo de la tonada chilena, pero dan un paso a la masificación auditiva sesentera, tan radicalmente distinta a la de solo una década atrás.

Ende Que Te Vi - Los Cinco Latinos

¿Cómo llegó "Ende Que Te Vi" a ser conocida en Paraguay? Quizás fue vía Los Cinco Latinos (aunque no creo que haya sido un single). Quizás fue derechamente la versión de Carmencita Ruiz, en algún intento del mercado chileno de internacionalizarse, en los años que se internacionalizaba Cuba, Perú, Colombia, México y Argentinca con sus ritmos populares y Chile no tenía nada que ofrecer de vuelta. La cosa es que nos encontramos con esta versión de Los Galanes del Norte, que llegó a mis manos por misteriosas vías. Es una versión genial desde muchos puntos de vista. De partida, que sea una cumbia el ritmo seleccionado trastoca tanto el original como Los Cinco Latinos, pero uno comprueba que la alegría y la chispa están en el ADN de la canción. Los metales, por su parte, entroncan con una tradición cumbiera de larga data en América, aunque claro, desconozco completamente cómo se da esa tradición en Paraguay y con qué elementos locales dialoga. Me tiento a oir cierto aire "nortino" en dichos metales, pero me parece que es mi oído el que se entusiasma con mucha facilidad. Finalmente, la voz del cantante, con esa extraña pronunciación de las erres (por influjo del guaraní??) y ese timbre que proyecta la voz de alguien humilde, vital, de tal forma que la letra me parece más idónea cantada por alguien como él que por las otras voces comentadas.

Desde Que Te Ví - Los Galanes del Norte

Curioso caso el de Ende que te vi, cumbializada en las tierras del Chaco. ¿Será porque Luis Bahamondes, más allá de la idealización del campo chileno que está detrás, captó algún tipo de sentimiento valentonado de base más americana? Probablemente es esa alegría ingenua que proyecta la melodía la que la convirtió en una atípica carne de versiones internacionales.

15 de noviembre de 2008

SANTIAGO PENANDO ESTÁS

Santiago, Penando Estas - Violeta Parra

Entre 1961 y 1963 Violeta Parra graba en Francia la única versión que se le conoce de "Santiago penando estás". El tum tum tum tum machacante, la línea melódica misteriosa, la voz filosa y de amargura contenida, el aire a canción mapuche… Violeta Parra explora en u minimalismo extremo e inquietante y lo emerge como contraposición estética y ética al Santiago moderno, bullicioso, artificioso y artificial que de seguro se grababa en su memoria a la distancia. No quisiera ver en sus opciones un “regreso a lo esencial”, aunque la percusión puede leerse como ese latido del corazón aún vivo camino hacia la muerte. Lo entiendo más bien como una economía de recursos motivada por la ausencia de una “música propiamente santiaguina” y por lo tanto el rechazo a todas las músicas de la época hechas en Santiago pero autodenominadas chilenas o nacionales o tradicionales o folclóricas. La percusión machacante cumple, aparte de latir como el corazón desfalleciente, con la misión de guiar el trance del lamento de manera explícitamente reiterativa y simple. Ante tal economía estilística, pareciera que una versión como la de Ricardo Villalobos consuena más con este cruce estético ético que las versiones, preciosas y preciosistas, de Claudia Acuña y Sonia La Única, donde las cuidadas instrumentaciones apelan, bajo mi gusto, a cierta artificiosidad nada de parreana. Más impactante es, en el plano de las versiones, la que en los ochenta lleva a cabo Ortiga. Tensa, dramática, ampulosa, tremendista; lleva al paroxismo los recursos estilísticos de La Nueva Canción, a tal punto de atentar contra toda la sobriedad y transparencia discursiva de la versión original. Claro, Ortiga dialoga con un Santiago aún peor que el de Violeta, no solo militarizado e indolente, sino además gobernado por el dictador.

Santiago Penando Estas - Anita Tijoux

santiago penando estás - sonia la única

Santiago penando estás - Ortiga

SANTIAGO PENANDO ESTÁS - RICARDO VILLALOBOS

Santiago penando estás - Claudia Acuña (en vivo)


Discursivamente, la canción sigue la línea ácida y definitiva, sin metáforas ni concesiones, que caracterizan las líricas de Violeta Parra a fines de los años cincuenta y todo el inicio de los sesenta, desde que escribe “Yo canto a la chillaneja”. Esta es, sin embargo, una canción más confusa y ciertamente algo decepcionante. El “Santiago del novecientos” que Violeta Parra conoce y, de seguro, refiere en esta canción es el último Santiago de Ibáñez del Campo y el de Jorge Alessandri, el “león sanguinario” de La Carta, cuyo gobierno derechista se caracterizó por aumentar la crisis social del país al congelar el aumento de sueldos y liberalizar el mercado, lo que conllevó una altísima inflación. Ese es el Santiago descrito en tres de las estrofas de la canción, lleno de injusticia social, militarizado para aplacar las huelgas y protestas, con fieras cúpulas de poder distante de las después personas comunes y corrientes.

La segunda estrofa me llama altamente la atención, porque supongo que el matiz ecológico que presenta debía leerse en esa época muy distinto a cómo lo leemos hoy. El “Santiago del novecientos” es un Santiago que explotó demográficamente de un sopetón, recibiendo a miles de campesinos y salitreros que vivían en la miseria de provincia y que veían en la capital la posibilidad de aspirar a un nivel de vida un poco menos indigno. La misma Violeta engrosa el número de migrantes provincia-capital y no vive ajena a la falta de vivienda y de espacios públicos en general. Entiendo que, bajo esa perspectiva, añorar un Santiago villorrio, un Santiago comarca, es socialmente inaceptable. En otra canción más lúcida, Violeta señala con claridad “la Luisa no tiene casa, la parada militar… y si va al Parque la Luisa adónde va a regresar… cueca amarga militar”, y así las cosas era evidente que, frente a un gobierno miope e indolente, las construcciones humanas cortaran “las ramas donde solían cantar”. No había manera, entiendo, de que no fuera así.

Por eso considero extraño también que Parra añore el “Santiago del ochocientos”. Supongo que se refiere al Santiago de Benjamín Vicuña Mackenna, el “intrépido” intendente que se gastó la plata de los chilenos en “remodelar y hermosear Santiago”, esto es, el centro habitado por la aristocracia del momento. Bien es sabido que antes de Vicuña Mackenna Santiago era un atrasado pueblito nada higiénico y poco amigable a la vista. Bien es sabido también que después de Vicuña Mackenna, el Santiago pobre siguió siendo el mismo, mísero e inmundo, pues ninguna obra del “intrépido” salió del cuadrante del centro histórico. Sabemos también como eso desemboca en la crisis social del Santiago del centenario, lleno de cités hacinados e ignorados por una clase alta que ya comenzaba su estampida hacia los faldeos cordilleranos. En clave contemporánea, Vicuña Mackenna gastó la plata en poner autopistas subterráneas en Vitacura para permitir que partieran en dos las casas y los barrios de Lo Espejo. ¿Cómo podría añorar un Santiago tal Violeta Parra?

Entiendo que en la ética parreana, esta canción se instala como un lamento, un contenido sollozo frente a ese Santiago gris, de pretensiones modernas, de artificialidad patética, ajeno para sus propios habitantes, plasmado en “Tres tristes tigres” de Raúl Ruiz. Pero bajo mi lectura, los ruidos y las luces de la ciudad confundieron un poco el foco de la añoranza.